El clásico sobrevive al fútbol peruano que pierde credibilidad

Mañana, cuando Alianza Lima y Universitario de Deportes vuelvan a encontrarse, el fútbol peruano detendrá por unas horas sus disputas administrativas, sus arbitrajes cuestionados y sus acostumbradas improvisaciones. El clásico no es únicamente un partido: es una ceremonia popular, una frontera emocional que atraviesa hogares, barrios y generaciones. Es memoria heredada, camiseta familiar y rivalidad transmitida como un apellido. Aunque el campeonato se deteriore y su organización pierda credibilidad, este duelo todavía consigue lo que pocas instituciones nacionales pueden lograr: reunir la atención de todo un país.

Alianza y Universitario representan dos de las tradiciones más profundas del deporte peruano. Desde aquel primer enfrentamiento de 1928, cada clásico ha construido su propio relato: goles convertidos en leyenda, derrotas que nunca terminan de olvidarse, triunfos repetidos durante décadas y personajes que todavía habitan la memoria colectiva. No importa demasiado cómo llegan los equipos ni qué lugar ocupan en la tabla. En este partido, la estadística orienta, pero la pasión decide.

Sin embargo, alrededor de esa historia gloriosa se extiende un presente menos honorable. El fútbol peruano ofrece un campeonato debilitado por calendarios discutibles, arbitrajes bajo sospecha pública, reglas interpretadas según la coyuntura y dirigencias que confunden administrar con reaccionar. Se anuncian reformas como quien cambia una bandera en la tribuna, pero los problemas estructurales permanecen sentados en el palco.

También continúa la contratación indiscriminada de futbolistas extranjeros, no por culpa de quienes llegan buscando una oportunidad profesional, sino por la ausencia de políticas serias de captación y formación. Se importa lo disponible mientras el talento peruano espera en las divisiones menores. Después, cuando la selección fracasa, los mismos responsables preguntan dónde están los jugadores que nunca ayudaron a desarrollar.

Los dos clubes llegan, además, acompañados por problemas ajenos a la cancha. En Alianza Lima se ha informado sobre una caja negativa cercana a los 25 millones de soles, situación que exige explicaciones documentadas y un plan financiero verificable. Universitario afronta una nueva controversia judicial relacionada con una medida cautelar favorable a Gremco. Corresponde respetar el debido proceso, pero también exigir transparencia. Ninguna camiseta, por histórica que sea, debe convertirse en refugio para ocultar decisiones económicas o legales.

Frente a ese panorama permanece el hincha. El que compra su entrada, organiza su día, conserva la camiseta del padre y enseña al hijo una canción aprendida en la tribuna. Esa fidelidad merece reconocimiento, pero también protección. El clásico debe ser una fiesta sin violencia, racismo, discriminación ni vandalismo. La rivalidad engrandece cuando se expresa con pasión; se envilece cuando se utiliza para justificar una agresión.

El clásico conserva su magnetismo, pero no puede vivir eternamente de los recuerdos. Alianza Lima y Universitario tienen la responsabilidad de honrar su historia con administración profesional, transparencia financiera, formación de menores y respeto por sus aficionados.

Reflexión final
Mañana rodará la pelota y, por noventa minutos, el fútbol peruano volverá a sentirse importante. Allí reside su belleza y también su contradicción: mientras las instituciones erosionan el espectáculo, el hincha continúa sosteniéndolo con una lealtad conmovedora. El clásico todavía vive porque su gente se niega a abandonarlo. Pero la pasión no debe seguir pagando las deudas de la improvisación. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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