Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
El fútbol, nos dicen, es el deporte más democrático del mundo. Une culturas, idiomas, religiones y hasta naciones en guerra. Y sin embargo, cuando se trata de organizar un Mundial en Estados Unidos, pareciera que la consigna es otra: el deporte más universal del planeta, gestionado por el país más restrictivo del hemisferio. Bienvenidos al Mundial 2026: donde los goles serán globales, pero la entrada dependerá del pasaporte, la paciencia y la suerte diplomática.
Houston se prepara con entusiasmo: pantallas LED, bares temáticos, fan zones épicas y discursos motivadores. Todo listo para recibir al mundo… si es que el mundo logra pasar por migraciones. Porque mientras los comités locales pintan sonrisas y prometen hospitalidad, en las oficinas de la administración Trump el panorama es otro: reducción del personal consular, entrevistas de visa que demoran más que una final de Libertadores con tanda de penales, y discursos que insisten en que “quien se quede más allá de su visa, hablará con la secretaria Noem”.
Un colombiano que hoy quiera solicitar una visa para ver a su selección en caso clasifique, la recibiría —con suerte— cuando ya estén entregando la Copa. La TUUA peruana por pisar tierra es un chiste comparado con esto. Y mientras Qatar y Rusia facilitaban el ingreso con solo tener una entrada al partido, Estados Unidos sigue exigiendo un trámite eterno, sospechoso y selectivo. ¿Fiesta mundial? Solo si el invitado trae visa, solvencia y una buena dosis de paciencia geopolítica.
Y ojo, esto no es paranoia latinoamericana. Incluso aliados tradicionales como Francia, Alemania o Reino Unido ya han emitido alertas para sus ciudadanos, sobre todo si pertenecen a comunidades trans o migrantes. Porque en esta versión del Mundial, el acceso no solo es físico, es también ideológico. Si no eres bien visto, no entras. Si entras, no respires muy fuerte. Y si te pasas del plazo, recuerda: “vas a tener que hablar con la secretaria Noem”.
El contraste es tan grotesco como simbólico. Un evento que reúne a 48 naciones, celebrado en el país que más barreras levanta. Un torneo que en teoría debe promover el respeto, la inclusión, la convivencia global, organizado por una administración que construye muros más rápido de lo que FIFA imprime entradas. Las cifras del Departamento de Estado no mienten: el embudo migratorio es real y la experiencia mundialista podría transformarse en una carrera de obstáculos, con sello consular incluido.
Eso sí, hay esperanza. Chris Canetti, presidente del Comité del Mundial en Houston, confía en que “el fútbol unirá a la gente a pesar de las tensiones geopolíticas”. Una frase noble, sí, pero que suena más a buena voluntad que a estrategia real. Porque ni el mejor regate de Messi logrará que un niño africano cruce migraciones sin visa. Y ni la mejor pantalla de Pitch 25 podrá borrar la sensación de que este Mundial será, literalmente, para unos más que para otros.
Organizar una Copa del Mundo es más que pintar estadios y vender camisetas. Es un acto político, social y simbólico. Y si Estados Unidos quiere ser anfitrión, debería empezar por actuar como tal: abrir las puertas, no solo las billeteras. De lo contrario, este Mundial 2026 corre el riesgo de ser el torneo de las ausencias, de las fronteras disfrazadas de protocolos y del espectáculo sin público.
Porque el fútbol, por más épico que se pinte, no sirve de nada si el hincha no puede llegar a ver el partido. Y si la pelota rueda en estadios llenos de restricciones, el gol ya no será para todos. Será para quien pueda entrar.
