Frase de Cajón: “El tiempo es Oro”. ¿Verdad o mentira?

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

“El tiempo es oro”, repite con solemnidad el ejecutivo que pasa tres horas en PowerPoint para decir lo mismo que un correo de dos líneas. Lo recita el político que, en campaña, promete hacer en cinco años lo que no se hizo en cincuenta, y que en su gestión ni siquiera arranca. Lo usa tu jefe mientras te exige eficiencia en un Excel que él nunca supo abrir. Es una frase tan trillada que ya no brilla… aunque siga pretendiendo ser oro. Pero vayamos más allá del cliché: ¿de verdad vivimos como si el tiempo fuera oro? Porque si lo fuera, tendríamos un país millonario en demoras, un banco central de la espera, y un Tesoro Público lleno de trámites sin resolver.

Basta mirar a nuestro Congreso para entender que aquí el tiempo es más bien un mineral tóxico. Sesionan como si el calendario les cobrara peaje: una vez por semana, entre las 11:00 a.m. y el almuerzo. Aceleran debates solo cuando se trata de aumentarse el sueldo, pero cuando hay que debatir derechos fundamentales, el tiempo se congela. Se discuten leyes express con más rapidez que el delivery de una hamburguesa, y otras —como la reforma política o la ley contra el acoso— se quedan durmiendo en comisión por años. ¿Ese es el oro del tiempo? Parece más bien pirita: oro falso con mucha pose.

En los hospitales, la frase se convierte en un cruel sarcasmo. Un paciente oncológico puede esperar semanas por una cita de control, meses por un examen, y años por una cirugía. Si el tiempo es oro, entonces muchos peruanos están muriendo pobres. Ni hablar de las campañas de salud: llegan tarde, se ejecutan mal, y cuando por fin arrancan, ya es demasiado tarde para evitar la tragedia. Pero en los discursos, eso sí, todo fue “oportuno”.

La educación no se queda atrás. Hay alumnos que pierden semanas sin clases porque al Ministerio se le olvidó que el año escolar empezaba en marzo. La frase “el tiempo es oro” parece escrita en la pizarra… con tiza invisible. Docentes abandonados, alumnos sin materiales, y años enteros de escolaridad que no se traducen en aprendizaje efectivo. Pero eso sí: en los informes, todo es “progreso sostenido”.

¿Y qué decir del transporte público? La ciudad de Lima, por ejemplo, se ha convertido en un reloj roto. Uno sale de casa a las 6:00 a.m. y llega al trabajo a las 9:00 a.m., tras dos horas de tráfico, empujones, bocinazos y un tour panorámico por los baches de la capital. Si ese tiempo fuera oro, cada viaje diario debería incluir un certificado de inversión. Pero no: solo deja dolor de espalda y frustración acumulada.

Mientras tanto, los verdaderos privilegiados manejan su tiempo en helicópteros, escoltas y autos oficiales con sirena. Para ellos, el oro del tiempo está blindado. No hacen colas, no esperan turnos, no pisan hospitales. ¿Y nosotros? Nosotros seguimos repitiendo la frase con fe, como quien espera encontrar pepitas en un río seco.

La frase “el tiempo es oro” debería tener un asterisco gigante: “excepto si eres pobre, ciudadano de a pie, enfermo, estudiante, usuario del transporte público o trabajador estatal.” Porque en este país, el tiempo se derrocha como si fuera arena. Solo unos pocos lo convierten en riqueza; para el resto, es una cuenta regresiva sin fondo. No es que no valoremos el tiempo: es que nos lo roban sistemáticamente. Nos lo extraen como si fuera oro… pero sin pagarnos por ello.

Reflexión final
Quizás llegó la hora de dejar de repetir frases como loros amaestrados. Si el tiempo fuera oro, entonces exigiríamos cuentas por cada minuto perdido en una cola inútil, por cada trámite innecesario, por cada clase no dictada, por cada consulta no atendida. Tal vez no podamos recuperar el tiempo… pero sí podemos impedir que nos lo sigan saqueando. Porque el tiempo es oro —pero solo si dejamos de regalárselo a los mismos de siempre.

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