Vergüenza nacional: el sistema de alerta sísmica no funcionó

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Tras el sismo de magnitud 6.1 en Lima y Callao, el “Sistema de Alerta Temprana” no alertó a nadie. Las autoridades aseguran que no es un sistema de alerta sísmica sino solo de mensajería. ¿Y entonces por qué se llama así?. Bienvenidos a la institucionalidad peruana, donde los nombres prometen lo que los sistemas no entregan.

Un sismo sacude Lima y Callao. La población entra en pánico. ¿Y el famoso Sismate? Bien, gracias. No alertó, no sonó, no avisó. Porque —según explicó el presidente del Instituto Geofísico del Perú, Hernando Tavera— no es un sistema de alerta sísmica, sino una “herramienta de mensajería”. Es decir, Sismate no alerta, solo informa… después del susto. Pero claro, eso la ciudadanía lo debería saber por osmosis.

Así funciona la lógica institucional en el Perú: se promete una alerta temprana y se entrega una excusa tardía. Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos esperando que, al menos una vez, una política pública cumpla lo que anuncia.

Sismate: el nombre lo dice todo, menos la verdad
En 2017, el Ministerio de Transportes y Comunicaciones lanzó con entusiasmo el proyecto Sismate. Su nombre completo es Sistema de Mensajería de Alerta Temprana de Emergencia. En cristiano: algo que debería avisarte con segundos de anticipación para que evacúes o al menos dejes de seguir viendo TikToks antes de que la tierra te saque del plano.

Pero no. Según el IGP, no es un sistema de alerta sísmica en tiempo real. Solo sirve para “difundir mensajes”. ¿Después del sismo? ¿Durante? ¿Cuándo exactamente? Pues ahí entra la magia burocrática: cuando se pueda. Porque el problema, como siempre, no es técnico. Es conceptual. En el Perú, un sistema de alerta puede no alertar y aún así mantenerse operativo.

La confusión no es de la población, es del Estado
Tras el sismo del 6.1, miles de ciudadanos preguntaron: “¿Dónde estuvo el Sismate?” La respuesta oficial fue clara: “hubo confusión de la población”. Claro. ¿Cómo se nos ocurre esperar que un sistema de alerta temprana… alerte?.

La narrativa institucional se resume así: la culpa es tuya por malinterpretar un nombre que el mismo Estado diseñó para sonar eficiente sin serlo. No importa que desde 2018 se haya dicho que este sistema funcionaría “como en otros países desarrollados”. No importa que se haya anunciado con bombos, pantallas y comunicados. Lo que importa ahora es matizar las expectativas. “Es solo un sistema de mensajería”, insisten. Aunque lo vendieron como tecnología de punta.

¿Y el otro sistema?. También inoperativo (pero prometedor)
Por si fuera poco, Sismate no está solo en su fracaso. Tiene compañía. El Sistema de Alerta Sísmica Peruano (SASpe) también prometía notificaciones entre 8 y 10 segundos antes del sismo. Idealmente, ese margen permitiría evacuar, salvar vidas o por lo menos reaccionar. Pero, adivina qué: tampoco funcionó.

El SASpe está, según Indeci, “en implementación” con un avance del 70%. Y aunque el sismo reciente fue de 6.1 (exactamente dentro del rango para el que fue diseñado), el sistema decidió permanecer en silencio. Se espera que esté operativo en septiembre de 2025. Si el próximo gran sismo tiene la decencia de esperar unos meses, tal vez funcione. Tal vez.

Tecnología sin decisión es solo marketing
Este no es un problema de presupuesto o falta de conocimiento técnico. El Perú tiene ingenieros, tiene expertos, tiene aliados internacionales. El problema es otro: la voluntad política de implementar, monitorear, evaluar y exigir rendición de cuentas. Es decir, gobernar con seriedad.

Aquí, los sistemas de alerta se lanzan en conferencias de prensa, pero se dejan abandonados en fases piloto eternas. Las instituciones presentan avances que nunca llegan a concretarse. Y cuando algo falla, la narrativa oficial es una mezcla de tecnicismo y culpabilización ciudadana. La prioridad nunca es proteger a la gente. Es proteger la reputación de los funcionarios.

Conclusión: el Estado no puede temblar más que la tierra
No se trata de pedir milagros. Se trata de exigir que lo que se promete se cumpla. Si se crea un sistema de alerta, que alerte. Si se ofrece una cobertura nacional, que no sea una fantasía con powerpoints. Porque cada segundo que se pierde en un sismo puede costar vidas. Y cada sistema fallido que se justifica con tecnicismos es una traición al deber de proteger.

Reflexión final: lo que más asusta no es el sismo, es la indiferencia
El Perú tiembla. Pero lo que más sacude no es el movimiento telúrico. Es comprobar, una vez más, que el Estado no está listo. Que mientras la tierra ruge, nuestras instituciones susurran excusas. Que mientras las personas corren desesperadas buscando refugio, los sistemas de alerta están ocupados… esperando el siguiente comunicado oficial.

Y lo peor: parece que nadie responderá por ello. Porque aquí, cuando la tierra tiembla, el único que no se mueve es el responsable.

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