Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
En tiempos donde se presume de modernidad con cada metro cuadrado de concreto, el nuevo Aeropuerto Internacional Jorge Chávez debería ser motivo de orgullo nacional. Pero basta con recorrerlo para notar que más que una obra del siglo XXI, parece una costosa escenografía para una película de los 80… sin final feliz. Y es que este nuevo terminal, presentado con fanfarrias como emblema de eficiencia y conectividad, no está diseñado para pasajeros: está diseñado para drones. O, al menos, para humanos que no envejecen, no se cansan, y llevan su maleta flotando con la fuerza del pensamiento.
Según el reportaje de La República, la nueva terminal de 270,000 m² promete atender hasta 38 millones de pasajeros por año. Pero hay un pequeño gran problema: muchos de esos pasajeros son mayores de 60 años, y el aeropuerto no está hecho para ellos. Ni para ellos, ni para quienes tengan alguna movilidad reducida, ni para quienes —por las razones más humanas posibles— llegan cansados tras un vuelo de varias horas.
Porque si usted pensó que la modernidad incluye accesibilidad, le tengo malas noticias. Desde el desembarque hasta el control de entrada hay casi 300 metros de caminata sin cintas transportadoras. ¿Rampas? ¿Carros eléctricos? ¿Asistencias visibles? No. Aquí la única opción es caminar, arrastrar la maleta, respirar hondo y esperar que las piernas no le pasen factura. Bienvenidos al Perú, donde la inclusión aún no ha aterrizado.
Y si la caminata no lo deja exhausto, no se preocupe, aún queda el espectáculo de la recogida de equipaje. En una decisión digna de análisis logístico inverso, se ha instalado una sola cinta para atender vuelos de tres aerolíneas. ¿Resultado? Maletas en el suelo, confusión general, y una experiencia que evoca más un mercado mayorista en hora punta que un aeropuerto internacional. Claro, para los diseñadores del proyecto esto debe ser parte del “encanto local”.
Qué ironía. Durante décadas, el viejo Jorge Chávez fue premiado por su eficiencia y comodidad. Skytrax lo reconoció como el mejor de Sudamérica por varios años. Y ahora, con una inversión multimillonaria y promesas de primer mundo, terminamos con un terminal que excluye al usuario más frágil, más vulnerable y, dicho sea de paso, más frecuente: el adulto mayor.
Porque no olvidemos que, en épocas prepandemia, el Jorge Chávez recibía más de 23 millones de pasajeros al año. Muchos de ellos con edades avanzadas, con necesidades específicas, con derecho a algo tan básico como desplazarse sin dolor ni frustración. Pero en esta nueva terminal, lo básico parece haber sido omitido por “criterios técnicos” que olvidaron que las personas también viajan.
Conectividad internacional, rutas con Europa y Norteamérica, infraestructura de 270,000 m²… y aún así, no hay lugar para una cinta transportadora. Esa es la paradoja del nuevo Jorge Chávez: mucho espacio, pero poca inteligencia humana en el diseño. Porque un aeropuerto no es solo una estructura. Es una experiencia. Y si esa experiencia comienza con agotamiento, caos y abandono, entonces no estamos viajando al futuro. Estamos regresando al pasado, pero más caro.
Reflexión final
Un aeropuerto puede ser muchas cosas: un símbolo de desarrollo, un motor económico, una vitrina para el país. Pero también es —y sobre todo debe ser— un espacio humano. Hoy, el nuevo Jorge Chávez le da la bienvenida al mundo con pasillos infinitos, equipaje extraviado y adultos mayores olvidados. Y no por accidente, sino por diseño. Porque cuando el progreso se mide en metros cuadrados y no en dignidad, el resultado es este: un hangar brillante, pero sin alma. Un país que presume de alas, pero olvida a los que ya no pueden correr.
