Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Lima tembló. Otra vez. Pero esta vez, el susto no quedó solo en una réplica emocional. El sismo de 6.1 grados sacó a relucir grietas más profundas que las del suelo: las del olvido, la dejadez y la improvisación estructural. Como resultado, Larcomar —ese ícono turístico de concreto con vista al Pacífico y a la negación crónica de nuestras autoridades— fue clausurado temporalmente por presentar fallas graves. Grietas, cableado expuesto, deficiencias en seguridad. Y no, no es un guion de Netflix. Es la radiografía de la Lima que construimos para la foto… pero no para resistir.
La Municipalidad de Miraflores no tuvo otra opción: clausurar. El centro comercial Larcomar fue declarado inoperativo hasta nuevo aviso tras una inspección que encontró fallas estructurales en zonas de tránsito, conexiones eléctricas al desnudo y, en resumen, un cóctel perfecto para una tragedia post-sísmica. Por supuesto, esto ocurre después del sismo. Porque en el Perú, prevenir es algo que se aplica más en campañas publicitarias que en políticas públicas.
La cereza del pastel la puso un ingeniero que advirtió que la inestabilidad del suelo en la Costa Verde podría provocar, eventualmente, un derrumbe de proporciones. Pero tranquilos, eso ya lo sabíamos. Solo que preferimos mirar al mar mientras nos sirve el brunch con vista a la tragedia inminente.
Larcomar no es cualquier centro comercial. Es el emblema de la Lima turística, moderna, comercial y fotogénica. Ese espacio donde se mezcla la selfie con la inversión inmobiliaria. Pero también es el mejor ejemplo de cómo priorizamos el “buen aspecto” sobre la seguridad. La estructura construida sobre un acantilado que da directamente al mar nunca ha tenido una relación estable con la sismorresistencia. Pero mientras las grietas no sean visibles en Instagram, parece que no importan.
Ahora bien, si el cierre de Larcomar nos parece escandaloso, solo imaginemos qué pasaría si se aplicaran los mismos criterios a otras zonas de Lima. La Costa Verde, por ejemplo, sigue presentando deslizamientos tras cada sacudida. Barranco, Chorrillos, Magdalena: todos con obras a medio hacer, estructuras precarias, pistas que se hunden y veredas que crujen. Pero claro, revisar esas zonas no genera titulares. Clausurar Larcomar, en cambio, sí.
La propia Municipalidad anunció que extenderá inspecciones a otras áreas de Miraflores: Huaca Pucllana, cafés, estacionamientos, y más. Ojalá sea más que un tour mediático, y no se limite a pintar líneas amarillas mientras se sigue sirviendo el café con grietas en el techo.
El cierre temporal de Larcomar es más que una medida técnica. Es un síntoma de una enfermedad más grave: el abandono crónico de la seguridad estructural en la ciudad. No se trata solo de clausurar un espacio comercial. Se trata de cuestionar por qué una infraestructura moderna y de alto perfil colapsa a la primera sacudida. Se trata de preguntarnos si realmente hay supervisión, mantenimiento, planificación… o solo discursos de ocasión.
Reflexión final
Lima no necesita más centros comerciales con vista al abismo. Necesita autoridades que miren más allá del vidrio templado y el concreto pulido. Necesita revisar no solo sus estructuras, sino sus prioridades. Porque las grietas del Jorge Chávez, de las viviendas en las laderas, de las pistas rotas y de Larcomar no se abren con los sismos. Se abren con la indiferencia. Y mientras sigamos maquillando muros rotos para no asustar al turista, estaremos condenados a esperar que la próxima sacudida no nos pida cuentas… en escombros.
