Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
La FIFA nos prometió una revolución y nos entregó un PowerPoint. Nos vendieron el Mundial de Clubes 2025 como el nuevo Olimpo del fútbol global, con 32 equipos, estadios colosales y una narrativa épica que solo Gianni Infantino podía redactar sin rubor. Pero apenas sonó el primer silbato en territorio estadounidense, la realidad se encargó de bajar la espuma: tribunas vacías, partidos con aroma a amistoso pretemporada, calor sofocante, desconexión cultural y… una visita presidencial a la Casa Blanca forzada. El fútbol ya no corre detrás del balón: corre detrás del poder, los millones y, por supuesto, Donald Trump.
Este no es un torneo. Es un despelote con luces LED. El mismísimo Tim Weah confesó que los jugadores de la Juventus fueron llevados a visitar a Trump sin elección. Una anécdota que resume perfectamente el espíritu de esta edición: no se trata de competir, se trata de posar. La pelota, mientras tanto, se infla de intereses extradeportivos. Y por si alguien dudaba de la politización descarada del deporte, ahí estuvo Infantino, sonriente, en la Casa Blanca, celebrando no goles sino alianzas estratégicas.
El fútbol, ese que debía unificar culturas y pueblos, ahora se ve obligado a rendir pleitesía institucional. Y no es que el torneo se salve en la cancha. Los partidos parecen episodios de un reality con poca audiencia. Borussia Dortmund y Mamelodi Sundowns ofrecieron uno de los encuentros más vibrantes, pero el verdadero protagonista fue el calor de 32°C y las pifias defensivas. Ni eso impidió que apenas 14 mil personas asistieran. En otros juegos, como el Mamelodi vs. Ulsan HD, las gradas parecían una conferencia de prensa del Congreso peruano: vacías, sin alma, y con muchos guardias vigilando el eco.
Por supuesto, FIFA intenta maquillar las cifras con datos acumulativos: “1.5 millones de entradas vendidas”, dicen, como si eso lavara la imagen de partidos con 3 mil asistentes en estadios para 25 mil. Ni las entradas rebajadas al 84% logran atraer gente. Y cuando Messi no llena estadios, ya no es un problema de marketing, es un problema de credibilidad.
Eso sí, hay excepciones. En el Rose Bowl, PSG y Atlético Madrid atrajeron a más de 80 mil personas, lo que nos confirma que lo que vende no es el torneo, sino los nombres. Porque nadie va a ver un Mamelodi vs. Ulsan por amor al fútbol. Van —o mejor dicho, no van— porque esto huele a torneo improvisado, a show de exhibición con esteroides y guion mal armado.
Pero el problema no es solo organizativo. Es ideológico. Infantino ha convertido el fútbol en una especie de plataforma de geopolítica emocional. ¿Un equipo obligado a visitar al presidente estadounidense? ¿Una FIFA que se proclama apolítica y al mismo tiempo actúa como comité de bienvenida? ¿Un torneo que en lugar de emociones deja perplejidad y bostezos? El Mundial de Clubes está perdiendo por goleada. Y su presidente también.
No es un fracaso deportivo. Es un fracaso conceptual. El fútbol, ese lenguaje universal, se está volviendo irreconocible entre tanto protocolo, acuerdos millonarios, y maniobras políticas. Este Mundial de Clubes es el ensayo general de lo que será el Mundial 2026, y si lo que hemos visto hasta ahora es un tráiler, entonces prepárense para el estreno del fiasco más caro en la historia del deporte.
Reflexión final
Infantino no solo está matando la esencia del fútbol; está borrando su alma, ahogándola en dólares, discursos políticos y estadios vacíos. La competencia, la emoción y la pasión han sido reemplazadas por sonrisas forzadas y pactos estratégicos. El Mundial de Clubes, como está concebido, no conecta ni con el pueblo ni con la mística del deporte. Y si el fútbol deja de ser del hincha, entonces ya no es fútbol. Es apenas una sombra cara, hueca y obediente de lo que alguna vez fue la fiesta más democrática del planeta.
