Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
La modernidad ha aterrizado en el Perú, pero se ha quedado atascada en Migraciones. El nuevo Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, anunciado como símbolo del despegue nacional, se ha convertido en la antesala perfecta de lo que espera a cualquier extranjero que ponga un pie en el país: largas colas, demoras sin explicación y un sistema que ya nació congestionado. Según el más reciente monitoreo de Ositrán, los pasajeros deben esperar hasta seis veces más de lo permitido en Migraciones. Una entrada triunfal… al caos.
El Organismo Supervisor de la Inversión en Infraestructura de Transporte de Uso Público (Ositrán), en un gesto inesperado de vigilancia institucional —quizás animado por las investigaciones que enfrenta su presidenta, Verónica Zambrano—, informó que el nuevo Jorge Chávez falla en todos los procesos clave: facturación, seguridad, migraciones y recojo de equipaje. Una joya aeroportuaria de 270.000 m² donde se puede caminar mucho, pero avanzar poco.
Vamos por partes. Para la facturación, los pasajeros de aerolíneas como KLM, Air France, LATAM, Avianca, Copa o Iberia —que mueven el 85 % del tráfico del aeropuerto— esperan más de 20 minutos, superando los estándares internacionales. En el control de seguridad, la demora llega a los 17 minutos, cuando el máximo recomendado por la IATA es de 10. Y en migraciones internacionales, el récord: 61 minutos de fila para ingresar al país, cuando lo óptimo son 10. En resumen, un aeropuerto donde la paciencia es más útil que el pasaporte.
¿Y las maletas? Ositrán midió el tiempo desde que el primer pasajero llega a la cinta hasta que aparece la primera valija. Resultado: 8 minutos. ¿El estándar? Cero. Porque sí, aunque suene increíble, en otros países las maletas aparecen cuando uno aún está terminando de leer el cartel de “Bienvenido”. Aquí, las maletas aparecen cuando ya pensaste en denunciar su pérdida.
Claro, Ositrán aclara que la muestra no tiene representatividad estadística. Pero eso no impide que revele una verdad tan evidente como la fila para pagar en Migraciones: el aeropuerto está mal planificado, mal ejecutado y, por supuesto, mal operado. Y si esto es lo que entregan con bombos y platillos, no queremos imaginar cómo están las zonas “en desarrollo”.
Más aún: la promesa de eficiencia se evapora cuando uno recuerda la millonaria inversión, los años de retrasos y las maquetas espectaculares que vendieron un terminal futurista. En la práctica, el Jorge Chávez sigue siendo una maqueta sin alma, sin transporte interno (ni una sola cinta de traslado de pasajeros) y sin lógica humana. Porque en el nuevo aeropuerto, el pasajero es una variable incómoda.
Las cifras no mienten. Las maletas tardan, los filtros colapsan, y los controles migratorios parecen diseñados para probar la resiliencia del visitante. El Jorge Chávez prometía ser un hub internacional, pero hoy es una versión de lujo de una sala de espera subdesarrollada. Y mientras las aerolíneas sobreviven al caos con discursos corporativos, los pasajeros sobreviven con resignación.
Reflexión final
En este país, construir grande no es sinónimo de construir bien. El nuevo aeropuerto es una metáfora aérea del Perú: mucha fachada, poca operatividad; muchos contratos, poca humanidad. Si lo que buscamos es proyectar una imagen moderna al mundo, empecemos por lo básico: que un visitante no tenga que hacer cola una hora para entrar, ni rezar para que su maleta no se pierda entre los escombros de la eficiencia. Porque si este es nuestro “gran hub de conexión internacional”, el verdadero viaje apenas empieza… y ya está retrasado.
