Choquequirao entre los 44 destinos más bellos del mundo  

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Hay silencios que duelen. Y en el Perú, uno de los más clamorosos es el que envuelve a Choquequirao, la joya inca que el mundo celebra… y que nuestro gobierno ignora con una frialdad casi criminal. Mientras la prestigiosa Time Out la declara el destino más hermoso del país y uno de los más fascinantes del planeta, en Lima parecen demasiado ocupados en sobrevivir políticamente hasta el 28 de julio de 2026 como para levantar siquiera la mirada hacia Apurímac.

Choquequirao no es solo ruinas bonitas. Es la viva memoria de un imperio que se resistió a morir. Cada piedra tallada, cada andén perfecto, cada sistema hidráulico desafía el paso del tiempo y grita al mundo que los incas no solo supieron conquistar territorios, sino también domar montañas y construir belleza en lo imposible.

Estamos hablando de un lugar que podría competir de tú a tú con Machu Picchu, sin las hordas de turistas ni las selfies en masa. Un lugar donde el silencio se mezcla con el vuelo de los cóndores, donde el viento trae susurros de historias de resistencia y grandeza. Un sitio tan majestuoso que debería ser orgullo nacional y punta de lanza del turismo cultural y de aventura peruano.

Pero, ¿qué hace el gobierno?. Nada. Absolutamente nada. Ni un plan serio de infraestructura, ni una estrategia global de promoción, ni siquiera un mísero spot televisivo que lo coloque en el radar de peruanos y extranjeros. Porque, claro, para Dina Boluarte y sus ministros, Choquequirao no existe. Están más concentrados en sortear interpelaciones, blindar cargos y sostener un gobierno en el filo de la navaja.

Mientras el Ministerio de Cultura se distrae en polémicas sobre recortar las Líneas de Nazca o defender discursos políticos, Choquequirao sigue invisible en los presupuestos y en la voluntad política. Y no se diga del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, cuya mayor proeza últimamente es hacer PowerPoints sobre Machu Picchu… como si el Perú solo existiera en Urubamba.

¿Saben qué implica llegar a Choquequirao hoy?. Una proeza física y mental digna de un maratonista. Caminatas extenuantes, rutas sin infraestructura moderna, falta de servicios básicos para turistas. Y todo esto, mientras Machu Picchu ya no soporta más visitantes y clama por alternativas que descongestionen sus piedras milenarias. Choquequirao podría ser esa salvación… si tan solo existiera para quienes gobiernan.

Choquequirao es más que un yacimiento arqueológico. Es un símbolo de lo mejor que somos: ingenio, resistencia, arte y grandeza. Podría ser el motor que impulse el desarrollo de Apurímac, la pieza clave para diversificar el turismo peruano y un emblema del Perú ante el mundo. Pero sigue ahí arriba, esperando, solitaria, mientras Lima se hunde en su pequeño mundo de intereses políticos.

Reflexión Final
Si este gobierno tuviera visión —y algo de vergüenza— estaría poniendo todos sus esfuerzos en convertir a Choquequirao en el próximo gran destino mundial. Pero no. Para Dina Boluarte y su gabinete, todo es cálculo político y sobrevivencia. La cultura, el turismo y nuestro legado histórico quedan relegados al último cajón, acumulando polvo… o mejor dicho, creciendo musgo, como las piedras de Choquequirao.

Es triste y furioso constatar que mientras el mundo se maravilla con nuestra “Cuna de Oro”, aquí seguimos enterrando tesoros bajo el peso de la indiferencia y la pequeñez política. Ojalá, antes del 28 de julio de 2026, alguien en Palacio recuerde que el Perú no solo es crisis, corrupción y discursos vacíos. También somos historia, cultura y lugares sagrados que merecen brillar con la misma fuerza con la que fueron construidos hace siglos.

Mientras tanto, Choquequirao seguirá allá arriba, vigilando el cañón del Apurímac, esperando a que su país la vea y la defienda… como merece.

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