Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
¡Atención, Perú! La Digesa acaba de despertar, estiró los brazos, se frotó los ojos y… ¡sorpresa! Descubrió que en Inca Kola, Chizitos, Cifrut y medio supermercado nacional hay un colorante llamado tartrazina. Y, al parecer, podría causar alergias, crisis asmáticas y otros regalitos a nuestra salud, sobre todo en niños.
¿Y cuál es el plan heroico de Digesa ante semejante hallazgo?. ¿Prohibirlo?. ¿Retirarlo?. No, pues. Aquí no somos tan drásticos. El plan es… ¡poner más letras en la etiqueta! Porque en el Perú, cuando el problema es grande, siempre creemos que lo resolvemos con un rótulo o un comunicado.
Vamos a los hechos. La tartrazina lleva décadas flotando en nuestras bebidas amarillas, nuestras papas fritas, gomitas, jugos y cuanto snack inunde los kioscos escolares. Es el alma del color amarillo que tanto amamos. Y Digesa, recién en 2025, decide que debemos saberlo un poquito mejor.
Y no es que la industria lo oculte totalmente. Desde hace años, las etiquetas dicen en letra minúscula “CONTIENE TARTRAZINA”. Pero ahora Digesa quiere algo más robusto: que digan también, en negrita y mayúsculas, que su “uso recomendable” es de hasta 7,5 mg por kilo de peso corporal… por día.
A ver, seamos honestos. ¿Quién va a sacar su calculadora antes de morder un Chizito? ¿O quién va a pesar a su hijo antes de darle medio vaso de Inca Kola para ver si sobrepasó el límite? Eso no lo hace ni el más fanático de los nutricionistas. Es ridículo.
Mientras tanto, la industria seguirá fabricando litros de gaseosa amarillo fosforescente y toneladas de snacks, felices de cumplir con la etiqueta. Porque lo que Digesa está haciendo no es proteger al consumidor. Es proteger a la industria de que alguien, algún día, les pueda decir que “nunca avisaron.”
Y Digesa, además, suelta su mensaje más tibio: exhorta —no ordena— a las empresas a buscar sustitutos de la tartrazina. Exhortar… qué verbo tan cómodo. Es como pedirle a un gato que por favor no cace ratones. Porque, claro, reformular productos, probar nuevos colorantes, hacer ensayos clínicos… todo eso cuesta dinero. Y aquí nadie quiere incomodar a las grandes marcas.
Mientras tanto, seguimos hablando de productos que los niños consumen a diario. Y en un país donde la mitad de la población no revisa etiquetas ni aunque les pongan luces de neón, las advertencias terminan siendo un saludo a la bandera.
No nos engañemos: Digesa no ha solucionado nada. Lo único que ha hecho es legalizar la desinformación. Porque la gran mayoría de peruanos ni sabe qué es la tartrazina, ni cuántos miligramos por kilo puede consumir, ni tiene tiempo ni recursos para elegir otras opciones.
Reflexión Final
Lo más irónico es que seguimos jugando con la salud pública como si fuera un detalle sin importancia. Hoy es la tartrazina. Ayer fueron los aceites trans. Mañana será algún otro aditivo milagroso. Y, entre tanto, las etiquetas se llenan de letras, pero las góndolas de los supermercados siguen llenas de lo mismo.
Así que, salud, Perú. Levantemos nuestra Inca Kola bien amarilla. Al fin y al cabo, si algo nos queda claro, es que la Digesa siempre llega… tarde. Y aquí, como siempre, la salud es lo de menos.
