Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Así que ahora resulta que nuestras golosinas, bebidas y hasta gelatinas favoritas llevan un ingrediente que podría pasarnos factura: la tartrazina, ese amarillo radiante que tanto adorna los estantes del supermercado.
Y como suele pasar en este país, recién nos enteramos porque las autoridades han decidido “preocuparse” y ponerle etiqueta de peligro. Bravo, Indecopi y compañía, por despertarse… aunque sea con décadas de retraso.
La tartrazina es el colorante estrella de la industria alimentaria. Está en todo: jugos, dulces, postres, snacks. Porque mientras más chillón y amarillo, más vende. Y si tiene algún riesgo para la salud… bueno, eso es un detalle menor para quienes solo miran las cifras de sus ventas.
Para muestra, en el Perú se puede encontrar tartrazina en productos como las gelatinas (amarillo limón), los refrescos, las gaseosas amarillas, las galletas de vainilla, caramelos sabor limón, y hasta en algunos yogures y cereales con tonos amarillos. Y esto solo es la punta del iceberg, porque está presente también en salsas, mostazas y snacks inflados, sobre todo los que tienen colores brillantes.
Mientras las empresas siguen ganando millones, millones de peruanos siguen tragando este colorante sin saberlo. Y cuando se enteran, se quedan en el clásico “bueno, igual todo hace daño, ¿no?”. Esa resignación nuestra que tanto aman las grandes corporaciones.
Etiquetas que pocos leen
Ahora quieren poner en los envases un aviso gigante: “CONTIENE TARTRAZINA”. Qué alivio. Como si leerlo fuera suficiente para tomar decisiones en un país donde muchos compran lo más barato porque no hay bolsillo que aguante.
Y seamos realistas: la mayoría ni se fija. Entre la bulla del supermercado y el niño llorando porque quiere su gelatina amarilla, la etiqueta termina siendo decoración.
Salud pública a medias tintas
Es irónico: tenemos plomo en el agua, arsénico en algunas regiones y comida cargada de colorantes, y recién ahora suenan las alarmas. Y no porque las autoridades sean visionarias, sino porque afuera —en países que sí se preocupan por su gente— han empezado a mirar con lupa lo que comemos.
Aquí, en cambio, la prioridad es el negocio. La industria alega que todo está dentro de “los límites permitidos”. Claro, esos mismos límites que cambian según convenga al mercado.
Indecopi, el dormilón
Indecopi, que parece tener el sueño más profundo del mundo, se despertó y decidió que había que etiquetar la tartrazina. Maravilloso. Pero siguen faltando controles, sanciones firmes y, sobre todo, la voluntad política de regular en serio lo que comemos.
No basta con escribir letras negras sobre fondo amarillo. Hace falta proteger de verdad a los consumidores, aunque eso signifique tocar intereses empresariales. Y ahí es donde siempre se quedan cortos.
La tartrazina no es solo un colorante. Es el símbolo de cómo la salud pública termina siempre detrás del interés económico. Nos venden el amarillo como felicidad, mientras la realidad es que podría traer alergias, hiperactividad o algo peor.
Reflexión Final
Así que la próxima vez que veas algo amarillo brillante en el supermercado, pregúntate si realmente lo quieres en tu cuerpo. Porque si esperamos que el Estado nos cuide, podemos sentarnos cómodos… y seguir comiendo tartrazina por kilos.
