“Todo esfuerzo tiene recompensa” es esa frase motivacional que se cuela en discursos de graduación, en afiches de recursos humanos y en los labios de políticos que no han trabajado ni un solo día con las uñas. La repiten como verdad sagrada, como si el solo hecho de sudar garantizara justicia, éxito y dignidad. Pero en el Perú —y en buena parte del mundo— la realidad es otra: el esfuerzo no es garantía de nada, salvo de agotamiento. Porque aquí, el esfuerzo de los de abajo sostiene el privilegio de los de arriba. Y eso sí que se recompensa… pero al revés.
Preguntémosle a la trabajadora que vende fruta desde las 5 a.m. en el cruce de dos avenidas que nadie limpia. A ese joven que estudia en una universidad pública asfixiada por la desidia estatal y trabaja por propinas en la noche. A la enfermera que cumple dobles turnos en un hospital colapsado y aún así no alcanza para pagar el alquiler. Ellos se esfuerzan. Todos los días. Sin pausa, sin condiciones, sin descanso. ¿Y su recompensa? Un “siga intentando”, un “usted es ejemplo”, y claro, la frase estrella: “todo esfuerzo tiene recompensa”… si tienes paciencia eterna.
Del otro lado están los que no hacen cola, no rinden exámenes, no presentan currículum: solo saludan al contacto correcto. Ellos sí reciben recompensas por su esfuerzo… para no hacer nada. Acceden a cargos por confianza, asesoran sin saber, legislan sin leer. Mientras tú aprietas los dientes para sobrevivir, ellos aprietan el botón del ascensor directo al poder.
Y no es casual. Este país ha hecho de la desigualdad una institución. Aquí, la meritocracia es una palabra bonita usada por quienes ya tenían todo antes de merecerlo. El esfuerzo es exigido a los pobres como deber moral, mientras los privilegiados viven de herencias, favores y apellidos. El sistema premia al servilismo, no a la excelencia. A la obediencia, no al talento.
¿Quieres pruebas? Miremos la política. ¿Qué esfuerzo hizo el congresista que solo aparece para votar por su propio aumento? ¿Qué sacrificio soporta la ministra que no conoce su sector pero jura que está “comprometida”? ¿Qué mérito tienen quienes reciben consultorías del Estado por amistad, parentesco o militancia? Y, sin embargo, ellos sí cosechan: sueldos altos, impunidad blindada y pasajes pagados.
Incluso en el mundo laboral privado, la cosa no mejora mucho. Se recompensa al que no cuestiona, al que sonríe al jefe mientras lo explotan. El esfuerzo real —el que se traduce en resultados, ideas y soluciones— muchas veces queda invisibilizado, engullido por jerarquías y favoritismos. A los que más hacen, menos se les ve. Y a los que más se muestran, más se les paga. ¿Recompensa? Sí, pero para el que supo jugar el juego, no para el que sudó la camiseta.
“Todo esfuerzo tiene recompensa” funciona como anestesia social. Es el bálsamo que te dan para que no protestes, para que no te rebeles, para que creas que el problema eres tú por no intentarlo lo suficiente. Pero no. El problema es estructural. No importa cuánto te esfuerces si el sistema ya decidió quién merece ganar. Es como correr una maratón donde algunos arrancan a 100 metros de la meta… y a ti te piden que corras descalzo.
Reflexión final: Que no te engañen con frases de cajón
No se trata de dejar de esforzarse. Se trata de dejar de romantizar el esfuerzo aislado, desconectado de las condiciones reales. De exigir que el esfuerzo vaya acompañado de oportunidades reales, de justicia, de igualdad, de un Estado que no solo premie al que resiste, sino que deje de premiar al que se aprovecha.
Porque mientras sigamos creyendo que todo esfuerzo tiene recompensa, seguirán explotando nuestro sudor…
y premiando, como siempre, al que se esforzó únicamente en caer bien.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja negra
