El Perú es un país donde todo es posible, especialmente cuando se trata de elecciones. Si algún día dudaste de nuestra capacidad para complicar lo evidente, te presentamos la joya de la democracia nacional: una cédula de votación de 44 x 42 centímetros, digna de una colcha electoral. Una sábana, sí, pero no de las que abrigan, sino de las que confunden, abruman y —por qué no decirlo— nos hacen reír para no llorar.
En el 2026 no se votará una, ni dos, ni tres veces. Serán cinco elecciones en una sola jornada: presidente, 60 senadores, 130 diputados y cinco parlamentarios andinos. El que sobreviva al proceso de sufragio debería recibir, por lo menos, una medalla al mérito cívico o una beca para terapia post-electoral.
La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) presentó esta semana el diseño oficial de la cédula, y los integrantes de la Comisión de Constitución del Congreso reaccionaron como quien ve por primera vez una ballena en un lavadero. Asombro, incredulidad y un dejo de resignación.
Piero Corvetto, jefe de la ONPE, lo dijo sin pestañear: “Será una sola cédula para cinco elecciones, con hasta cuatro votos preferenciales por cada ciudadano.” Lo que no dijo, pero todos entendimos, es que la cédula requerirá una mesa del tamaño de una pizarra escolar y votantes con habilidades gráficas de cartógrafos.
Si alguien pensó que el proceso se haría más eficiente con el tiempo, ahora sabe que la democracia peruana se parece más a un test de agudeza visual que a un acto ciudadano.
La cédula no solo es inmensa, también es un reto cognitivo. Fotos, símbolos, columnas múltiples, casillas preferenciales, y todo en una sola hoja. Los votantes deberán navegar este mar de datos en menos de cinco minutos, porque la cola afuera del local no espera. Y si te equivocas en una marca, tu voto puede anularse. ¿Participación ciudadana? Más bien una maratón electoral con obstáculos logísticos y riesgo de lesión ocular.
Para rematar, el escrutinio manual de semejante monstruo tomará, según la ONPE, hasta ocho horas. O sea, la fiesta democrática termina cuando ya amaneció. Eso sí, la votación presidencial se contaría en apenas 90 minutos. Bravo. Porque al final, mientras las cámaras enfocan los resultados del sillón presidencial, el resto del aparato estatal queda archivado entre bostezos y cálculo mental.
Lima y Callao tendrán voto digital. Pero no se emocionen: solo si perteneces a un grupo selecto —militares, policías, diplomáticos, personas con discapacidad registradas, personal de Migraciones o si vives en el Cercado de Lima— podrás evitar la tortura gráfica y optar por una tableta digital.
Eso sí, necesitas DNI electrónico, lector NFC y acceso estable a internet. En otras palabras, si logras cumplir esos requisitos, probablemente ya deberías estar trabajando para Reniec.
Lo que se viene en abril de 2026 no es solo un proceso electoral. Es un test nacional de paciencia, orientación espacial y resistencia al absurdo. Una elección con cinco urnas camufladas en una sola cédula, sin espacio para el error ni para el análisis. ¿Transparencia? Tal vez. ¿Practicidad? Ninguna. ¿Tragedia? Potencialmente.
El verdadero problema no es el tamaño de la cédula. Es la falta de sentido común detrás de su diseño, la desconexión entre técnica y realidad, y la peligrosa normalización de lo disfuncional. Porque en el fondo, el problema del Perú nunca ha sido votar. Es lo que pasa después de hacerlo.
Reflexión final
Si la democracia es el arte de elegir, en el Perú parece que estamos perfeccionando el arte de extraviarnos en nuestras propias elecciones. Cada vez que creemos que hemos tocado fondo, aparece una nueva modalidad electoral que prueba que aún podemos ir más abajo… y con impresora a color.
¿Acaso el país necesita tantos cargos, tantas preferencias, tanto simbolismo y tan poco contenido? ¿O será que, en el fondo, se ha hecho tan difícil votar para que terminemos rindiéndonos, dejando la sábana en blanco, mientras otros deciden por nosotros?. Bienvenidos a la república de la burocracia electoral, donde marcar con un lapicero parece más difícil que construir un satélite.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
