Boluarte dejará ruinas y los candidatos hacen fila para gobernar

La democracia peruana llega a las elecciones en camilla, con sonda, oxígeno y pronóstico reservado. Mientras la presidenta se lava las manos, el país se desangra y la clase política ensaya discursos de campaña sin una pizca de vergüenza.

El Perú va a elecciones. Otra vez. Pero esta vez lo hace desde los escombros de un Estado colapsado, con una ciudadanía hastiada, confundida y asqueada. La desesperanza no es un sentimiento pasajero: es el pulso nacional. Más del 70% de peruanos aún no sabe por quién votará, y el resto parece decidir por resignación, no por convicción. Nadie ofrece futuro. Solo administrarán el desastre.

¿Y qué ha pasado en estos años? Pues bien: Dina Boluarte, esa presidenta que llegó prometiendo “estabilidad”, deja un país sumido en la descomposición institucional más grave de las últimas décadas. Sin liderazgo, sin políticas, sin reformas. Gobernó por inercia, pero la caída fue por gravedad.

Dina: presidenta sin plan, gobierno sin rumbo. Boluarte no construyó nada. Se dedicó a resistir y blindarse, mientras las crisis crecían como hongos en todos los sectores. Salud, educación, agricultura, seguridad, justicia: todos los frentes quedaron al borde del colapso.

No hubo reforma, ni estrategia, ni liderazgo. Solo hubo silencio, represión, improvisación y repartijas. El resultado: regiones abandonadas, calles tomadas por la violencia, servicios públicos en agonía y mafias insertadas en la política como si fueran parte del mobiliario estatal.

Y por si fuera poco, el presupuesto del 2026 ya está comprometido, lleno de deudas sociales sin resolver, programas recortados y cifras maquilladas. El próximo gobierno heredará no un país: heredará una bomba activa con el cronómetro en marcha.

Congreso: el espejo perfecto de esta decadencia. La presidenta no estuvo sola en esta fiesta del desgobierno. El Congreso la acompañó con entusiasmo. La alianza entre el Ejecutivo y el Legislativo fue una coreografía perfecta de impunidad, torpeza y cinismo.

Blindaron a corruptos, archivaron reformas, y mientras tanto se aumentaron el sueldo, viajaron sin control y aprobaron leyes con nombre propio. ¿Fiscalización? ¿Control político? ¿Interés nacional? No figuran en su glosario.

Han sido, sin lugar a dudas, el peor Congreso de la historia reciente, y sin embargo todos quieren reelegirse. Y lo más grave: muchos de ellos lo lograrán.

Y ahora nos quieren convencer de que esta vez sí. Que hay nuevos liderazgos, que hay “caras frescas” y “renovación”. Pero los partidos son los mismos de siempre: cascarones reciclados, franquicias políticas de alquiler y candidatos sin formación, sin plan, y sin conexión con la realidad.

El menú electoral es extenso, pero no diverso. Propuestas vagas, lugares comunes, promesas imposibles y frases prefabricadas que parecen salidas de un tutorial de TikTok. ¿Quién quiere gobernar? Todos. ¿Quién está preparado para hacerlo? Silencio incómodo.

No es que el Perú esté en una etapa crítica. Es que la crisis se ha institucionalizado. Hoy el desgobierno ya no es una excepción, es la norma. La corrupción ya no se esconde, se exhibe. Y la impunidad no se combate, se negocia.

Votar en este contexto no será una fiesta democrática. Será un acto de supervivencia. No elegiremos al mejor, sino al que parezca menos catastrófico. Eso, en sí mismo, ya es una derrota.

Reflexión final
A pesar de todo, el Perú aún no se ha rendido. Porque sigue habiendo ciudadanos que denuncian, periodistas que investigan, organizaciones que resisten. Y sí, también quedan jóvenes que no se resignan a heredar un país saqueado por generaciones de políticos mediocres.

Lo que viene no será fácil. Pero lo que no podemos permitir es que la desesperanza nos paralice. Porque si dejamos de exigir, de fiscalizar y de votar con criterio, entonces habremos entregado el país sin pelear.

Y eso, queridos lectores, sí sería el final de esta tragicomedia nacional.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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