En un país donde los jóvenes buscan futuro y la política se esmera en ofrecer pasado reciclado, la brecha entre las nuevas generaciones y la clase dirigente se convierte en abismo. La reciente encuesta del Centro de Investigación en Opinión Pública (CIOP) de la Universidad de Piura es un grito silencioso: más del 50% de universitarios cree que la clase política ha empeorado. Y no es una exageración adolescente. Es una constatación desesperada.
No estamos ante un simple dato estadístico. Estamos ante un termómetro de la fiebre cívica. Que el 84% de jóvenes considere que los partidos políticos no se preocupan por el bien común es devastador. Es como si dijeran: “sabemos que no les importamos”. Y lo dicen sin ira, sin lágrimas… con resignación. Porque cuando la apatía reemplaza a la indignación, el sistema ya no está enfermo: está clínicamente muerto.
La encuesta es generosa en detalles: 7 de cada 10 universitarios consideran que el Estado es corrupto; más de la mitad, que no es transparente; y una tercera parte afirma directamente que actúa al margen de la ley. ¿Quién inspira confianza? Las Fuerzas Armadas. ¿Quién genera desconfianza? La Policía Nacional. Es decir, el orden se cree en los cuarteles, pero se teme en las calles. Democracia con aroma a militarismo emocional.
Y si hay algo que revela el colapso simbólico del sistema es el dato de que solo el 3% de los universitarios se ve trabajando en una ONG, a pesar de que el 70% cree que estas son las únicas instituciones interesadas en el bien común. ¿Qué nos dice esto? Que incluso las últimas islas de credibilidad institucional no motivan compromiso. Se admiran… desde lejos.
El futuro profesional también es claro: el 63% busca empleo en la empresa privada, el 24% en el sector público y el resto… que se las arregle. Porque la política —esa actividad que debería atraer a los mejores— se ha vuelto un repelente moral. Y si se sigue vaciando de vocación, la política quedará en manos de los que no tienen nada que perder: los de siempre, los que repiten, los que sobreviven gracias a que los buenos se van.
Los jóvenes no odian la política. Odian lo que hemos hecho con ella. Odian los discursos huecos, las promesas impostadas, las reformas cosméticas. No quieren desaparecer los partidos. El 87% cree que deben mejorar. Es decir, quieren democracia, pero una que funcione. Una que no se base en impunidad ni en cinismo.
Esta no es una generación indiferente. Es una generación decepcionada. Y cuidado, porque de la decepción a la ruptura hay solo una elección de distancia.
Reflexión final
Mientras los políticos se pelean por candidaturas en 2026, la juventud pelea por no perder la esperanza. Mientras el Congreso discute quién censura a quién, los universitarios discuten cómo emigrar. Porque el país les ha dicho sin rodeos: aquí no hay espacio para tu honestidad, tu preparación ni tu decencia.
El problema no es que los jóvenes desconfíen. El verdadero problema es que ya no esperan nada. Y un país donde los jóvenes dejan de esperar, es un país que deja de existir.
Hora de encender las alarmas… o de apagar la república.
