Estamos a las puertas de las elecciones generales del 2026, y como ya es tradición en el Perú, no elegiremos entre estadistas ni gestores públicos, sino entre famosos, memes con piernas, dueños de micrófono, influencers del resentimiento y veteranos del oportunismo. La reciente cifra revelada por El Comercio es para apagar la luz y no volver: el 47% de los precandidatos presidenciales no tiene experiencia en cargos de alto nivel. ¿Democracia? Más bien parece un casting para una tragicomedia nacional de bajo presupuesto… con nosotros de extras.
Casi la mitad de los que quieren gobernar el Perú jamás ha manejado un ministerio, una región, ni siquiera un distrito. Pero eso sí, manejan el rating, el discurso fácil y el odio rentable. No tienen plan, ni hoja de ruta, ni trayectoria… pero sí tienen slogans rimbombantes, videos virales y una legión de seguidores dispuestos a confundir popularidad con capacidad.
¿Y qué dice el sistema? Nada. El JNE sigue aceptando inscripciones como si se tratara de una tómbola. Los partidos, convertidos en plataformas de alquiler, levantan la mano al mejor postor. Ya no importa si conoces el Estado; basta con que sepas dónde queda la cámara.
¿Acaso alguien cree que se puede administrar un país que camina sobre la cuerda floja —con pobreza en aumento, inseguridad desbordada, salud colapsada y educación hundida— sin experiencia alguna? La respuesta, por lo visto, es “sí”. Y lo más preocupante: nos hemos acostumbrado a esa respuesta.
El problema no es solo que tengamos candidatos sin experiencia. El verdadero drama es que a nadie le escandaliza. Ni a los partidos, ni al electorado, ni a los medios que amplifican sus barbaridades como si fueran propuestas. Al contrario, algunos aplauden la “sangre nueva”, la “valentía” del que dice barbaridades sin pelos en la lengua. ¡Qué valentía ni qué ocho cuartos! Gobernar no es gritar, es gestionar. No es destruir, es construir. No es improvisar, es planificar. Pero eso no da likes.
El Perú está al borde de una elección tan riesgosa como absurda. Estamos normalizando la idea de que cualquiera puede ser presidente. Como si gobernar este país fuera un hobby. Como si liderar una nación rota fuera tan simple como opinar desde una cabina radial o desde el set de un programa humorístico.
La experiencia no garantiza decencia, claro. Hemos tenido políticos expertos en traicionar. Pero la inexperiencia garantiza el caos. Y ya hemos vivido suficiente de eso.
Reflexión Final
El 2026 no será una elección más. Será un nuevo juicio a nuestra memoria colectiva, a nuestra dignidad como país. Y si otra vez elegimos al que “me cae bien”, al que “por lo menos no es corrupto” (aunque sea inepto), al que “habla claro” (aunque no diga nada), entonces mereceremos el desastre que venga.
El Perú no necesita salvadores. Necesita líderes. Y un líder no se improvisa en TikTok.
