El desarrollo económico de un país se construye con cimientos sólidos: confianza, inversión y visión de futuro. Durante el Fireside Chat en el marco de Perumin 37, Roque Benavides, presidente del directorio de la Compañía de Minas Buenaventura, puso sobre la mesa un dato que invita a la reflexión: del 100 % de la inversión que mueve al Perú, el 80 % es privada y de ese total, el 80 % corresponde a capitales peruanos. La afirmación, más allá de lo estadístico, abre un debate de fondo sobre el rol del empresariado nacional, el respeto a las inversiones y la necesidad de un marco político e institucional que priorice el crecimiento inclusivo y sostenible.
Benavides subrayó que el capital nacional no puede ni debe pasar desapercibido en la agenda pública. La inversión peruana —muchas veces invisibilizada frente al discurso sobre la inversión extranjera— sostiene gran parte de la generación de empleo, el pago de impuestos y la creación de valor en regiones donde el Estado aún enfrenta limitaciones. Reconocer este peso económico implica también protegerlo con reglas claras, estabilidad jurídica y políticas públicas que fomenten la competitividad.
En sus palabras, el desarrollo no se reduce a “contar billetes”: una empresa es también un actor social que genera oportunidades, dinamiza mercados y sostiene el tejido productivo del país. Este enfoque cobra mayor relevancia cuando se compara con realidades de países como Uruguay, donde la institucionalidad política fortalece la confianza y permite que los proyectos de largo plazo se consoliden sin sobresaltos. El contraste es inevitable: mientras en Perú se multiplican los partidos y divisiones políticas, el empresariado insiste en la necesidad de construir consensos que trasciendan coyunturas y personalismos.
Asimismo, el líder empresarial destacó un punto crucial: el desarrollo exige equilibrio. Conciencia social y ambiental, sí; pero también la convicción de que generar riqueza es el primer paso para redistribuirla con justicia. Este planteamiento obliga a repensar cómo articular esfuerzos entre Estado, empresas y ciudadanía, con una visión de largo plazo que priorice el bienestar colectivo.
El mensaje de Roque Benavides trasciende la minería y toca un asunto estructural: el respeto y fortalecimiento del capital peruano como motor de desarrollo. No se trata de excluir la inversión extranjera, sino de reconocer que gran parte del futuro del país descansa en las manos de empresarios y emprendedores locales que arriesgan, innovan y generan oportunidades.
En un escenario global marcado por la incertidumbre, el Perú necesita instituciones sólidas, políticas coherentes y un marco de respeto que asegure que cada sol invertido se traduzca en empleo digno, infraestructura y bienestar para los más vulnerables. El reto es claro: construir un país donde la riqueza no sea privilegio de unos pocos, sino un camino compartido hacia un desarrollo justo, sostenible y respetuoso de quienes hacen patria desde el esfuerzo diario.
