Prepárense, peruanos y peruanas, para asistir a una nueva función del circo electoral 2026. Esta vez, con el regreso triunfal de una figura casi olvidada: el Senado. Después de más de tres décadas, nos prometen una nueva Cámara Alta, más representativa, más técnica, más federal. Pero la pregunta no es cómo elegiremos a los senadores, sino a quiénes. Y allí está el verdadero drama. Porque mientras nos hablan de listas mixtas, paridad de género y distritos múltiples, lo que no nos dicen es que el cartel de candidatos estará compuesto por los mismos actores de siempre, vestidos con nuevos disfraces: políticos reciclados, figuras mediáticas y oportunistas con vocación de fuero.
¿Qué significa realmente este nuevo Senado? Sobre el papel, es una promesa de descentralización y representatividad. Treinta senadores elegidos a nivel nacional y treinta por regiones suena democrático. Pero detrás de esa fachada institucional se oculta una gigantesca puerta giratoria por donde están entrando los mismos de siempre. Basta mirar a los precandidatos ya perfilados: viejos rostros con nuevas siglas, excongresistas convertidos en “padres del bicameralismo”, y celebridades buscando curul como si fuera casting de reality show.
¿Y el votante? Desorientado. En 2026, deberá elegir presidente, diputados, senadores nacionales, senadores regionales y miembros del Parlamento Andino. Cinco votos, cientos de listas, miles de nombres. Un ejercicio de ciudadanía convertido en un rompecabezas diseñado para favorecer a quienes ya tienen maquinaria electoral, visibilidad mediática o simple astucia para camuflarse en una jungla normativa.
La ONPE y el JNE explican con entusiasmo cómo funcionará la cédula de votación. Hablan de paridad, voto preferencial, listas dobles… Pero nada de eso garantiza calidad democrática. Porque cuando el 47% de los candidatos no tiene experiencia previa en cargos altos, la elección no es una celebración de la renovación, sino un campo fértil para la improvisación, el populismo y el oportunismo más vulgar. En lugar de estadistas, tendremos animadores. En vez de técnicos, influencers.
Y aunque uno pueda marcar al senador nacional de un partido y al regional de otro, eso no es libertad, es confusión. La complejidad no empodera, embrolla. La avalancha de listas solo favorece a quienes ya están posicionados. Y quienes no lo están, se cuelgan de alianzas electorales donde la ideología es negociable y el interés personal es el único norte.
En lugar de devolvernos confianza institucional, este retorno del Senado amenaza con legitimar a los reciclados. La ciudadanía, bombardeada de opciones, termina votando por lo conocido, por lo visible, por lo que “le suena”. Y allí reaparecen, una vez más, los que juraron retirarse, los que fracasaron antes, los que usan la política como salvoconducto judicial o trampolín mediático.
La bicameralidad podría haber sido una oportunidad para construir una cámara reflexiva, con representantes de trayectoria técnica y moral intachable. Pero si los partidos siguen siendo agencias de empleo de corto plazo, esa esperanza se diluye. Y el Senado se convierte, simplemente, en una segunda vuelta del mismo circo.
Reflexión final
El problema no es el sistema. No es la cédula ni el número de escaños. El problema es quién llena esos espacios. Mientras los partidos sigan postulando a sus peores cartas y el electorado elija con resignación o desinformación, ningún diseño electoral salvará a la democracia. En 2026, no elegiremos entre propuestas, sino entre disfraces. Y lo más triste es que muchos votarán creyendo que están cambiando algo… cuando en realidad están renovando el contrato del reciclaje político de siempre.
