En el Perú, las cosas que deberían alarmar, muchas veces apenas causan bostezo. Pero esta vez, la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE) nos ha dado una cachetada de realidad: la minería ilegal —ese monstruo de mil cabezas que devora bosques, contamina ríos y corrompe comunidades— ahora quiere algo más que oro: quiere el poder político. Sí, mientras usted paga impuestos y soporta campañas de candidatos “decentes”, hay otros que planean comprar curules con lingotes de silencio.
Según la SNMPE, no se trata de una simple hipótesis, sino de una amenaza real: los tentáculos de la minería ilegal ya están tanteando partidos, financiando campañas y buscando candidatos moldeables. Porque si antes se necesitaba apenas una retroexcavadora para arrasar con la selva, ahora se necesita un congresista. O un alcalde. O mejor aún: un presidente complaciente.
No es casualidad. Las economías ilegales en el Perú —minería, narcotráfico, tala indiscriminada, contrabando— ya no operan desde la clandestinidad, sino desde el cálculo político. Saben que el mejor blindaje no es una cueva en Madre de Dios, sino una bancada parlamentaria. Y así, las elecciones 2026 se perfilan como la más peligrosa excavación en nuestra frágil democracia.
Y mientras la presidenta de la SNMPE, Julia Torreblanca, advierte que estos grupos criminales quieren infiltrar partidos y colocar operadores en “puestos clave”, la política tradicional se hace la distraída. Porque en el Perú, cuando el dinero habla, los principios hacen silencio.
La SNMPE ha propuesto un “pacto de transparencia”. Suena bien, pero ¿quién lo firmará? ¿Los mismos partidos que reciben financiamiento en bolsas negras? ¿Los candidatos que no saben de dónde provienen sus afiches, pero igual empapelan cada poste con su cara?
Hablar de transparencia en el Perú político es como pedirle a un mercenario que firme un código de ética. Porque la verdad es que muchos partidos no solo se financian con lo ilícito, sino que han nacido del lodo, operan como franquicias electorales, y sobreviven vendiendo candidaturas al mejor postor. Hoy podría ser la minería ilegal. Mañana, el narcotráfico. Pasado mañana, ¿quién sabe?
Reflexión final
Seamos claros: si dejamos que las elecciones del 2026 se contaminen con dinero sucio, no será solo la democracia la que se manche, será el futuro del país el que se venda por kilos de oro sin control ni conciencia.
No podemos permitir que los que destruyen la selva también destruyan la institucionalidad. No podemos ser tan ingenuos como para pensar que un cartel minero se conformará con controlar un río si puede también controlar una ley. Y no podemos, como ciudadanos, mirar a otro lado mientras la corrupción se disfraza de campaña electoral.
En el Perú ya no se vota solo por ideologías o propuestas. Ahora votamos también contra el crimen organizado. Porque si no detenemos esta infiltración a tiempo, los resultados no solo se contarán en votos, sino en hectáreas devastadas, en fiscales silenciados y en un país donde la democracia será apenas una fachada más… en medio del barro.
