Cuando se dice que en el Perú la política es un espectáculo, no es una metáfora: es una tragicomedia en temporada eterna, donde los protagonistas no cambian, solo repiten guión. Esta semana, el actor principal vuelve a ser César Acuña, quien —con una mezcla de audacia, cinismo y ambición mal disimulada— decidió que las normas electorales son apenas sugerencias, no límites reales. ¿Neutralidad? ¿Legalidad? ¿Institucionalidad? Todo eso queda arrinconado cuando hay micrófono, pasacalle, banderolas y cámaras. Porque para el líder de APP, cada acto es una campaña y cada plaza es un mitin, aunque el reglamento diga lo contrario.
El Jurado Electoral Especial de Huancayo acaba de recordarnos que, efectivamente, todavía existe. Y su última hazaña fue advertir a César Acuña por una nueva infracción a la neutralidad electoral. Según el informe, el gobernador regional —sí, aún lo es por unos días más— participó alegremente en un evento proselitista en plena plaza pública, rodeado de simpatizantes con indumentaria partidaria, banderas azules y hasta proyección de su imagen con el logo de APP. Como cereza del pastel, soltó un discurso con tono mesiánico: “Estoy acá respaldando a mis candidatos… lo único que van a hacer es servir a las familias humildes…”. ¿Pura coincidencia o estrategia electoral?
Pero no teman. Acuña tiene coartada: dice que fue “como particular”. Porque, claro, los gobernadores regionales se desdoblan como superhéroes. Por la mañana gobiernan, por la tarde militan, y por la noche se convierten en entusiastas espontáneos del pasacalle. Según su defensa, todo fue una manifestación de afecto espontánea, orquestada por el cariño del pueblo, no por estrategia política. Nada de organización partidaria, ni movilización, ni recursos. Todo casual, como una parrillada dominguera. Solo faltó que diga que fue coincidencia que el sonido, la logística, los carteles y los aplausos estuvieran perfectamente coordinados.
El JEE, por fortuna, no compró el cuento. Determinó que el comportamiento del gobernador vulneró claramente la normativa de neutralidad electoral. Una autoridad pública no puede usar su cargo, imagen y tribuna para beneficiar electoralmente a su partido. Es simple. Pero en el Perú político, lo simple se vuelve complicado cuando el poder está en juego. Porque aquí, el reglamento se interpreta a conveniencia, y si hay sanción, se alega persecución.
Lo más alarmante no es solo el hecho, sino el patrón. Esta no es la primera vez que Acuña hace malabares con la ley electoral. Es una constante. Cada elección, cada proceso, hay una advertencia, una resolución, una multa. Y cada vez, su defensa es la misma: “Yo no fui”, “Fue el pueblo”, “Me confundieron”. Lo curioso es que este ciudadano “particular” tiene acceso a recursos públicos, plataformas oficiales, ministros que pronto serán candidatos de su partido (como el titular de Salud), y una estructura que actúa como maquinaria electoral bajo el disfraz de gestión.
César Acuña se perfila, una vez más, como candidato presidencial. Y su estrategia parece clara: arrasar con las fronteras entre partido y gobierno, entre autoridad y activista, entre gestión y campaña. Mientras tanto, el país asiste impávido a la normalización del uso de cargos públicos como trampolín electoral. Si esto no se detiene ahora, ¿qué nos espera en plena campaña? ¿Gobernadores regionales organizando mítines con fondos públicos? ¿Ministros saludando desde ambulancias? ¿Pasacalles disfrazados de visitas técnicas?
Reflexión final
El problema no es solo Acuña. El problema es un sistema que permite que los límites se diluyan, que las sanciones no sean disuasivas, que la ley electoral se vea como papel mojado. La neutralidad electoral no es un capricho, es un pilar mínimo de una democracia decente. Pero en el Perú, incluso lo mínimo parece demasiado pedir. Si seguimos tolerando estos actos con indiferencia o resignación, el 2026 será solo otra función de este circo electoral, donde los actores cambian de traje, pero nunca de libreto.
