La guerra contra las drogas vuelve a teñir de sombras las aguas del Caribe. El presidente estadounidense Donald Trump anunció un nuevo ataque “cinético” frente a las costas de Venezuela, dejando seis personas muertas. El mensaje, publicado en su red Truth Social, sostuvo que se trataba de una “narcolancha asociada a redes terroristas”, aunque ningún informe independiente ni evidencia oficial ha confirmado la versión. Más allá del parte militar, el episodio plantea una pregunta urgente: ¿hasta qué punto puede Estados Unidos justificar el uso letal de la fuerza en operaciones no transparentes bajo el pretexto del narcotráfico?
En cinco meses, Washington ha ejecutado cinco ataques similares en la región, todos bajo la misma lógica: destruir embarcaciones sospechosas sin proceso judicial previo. En el discurso, se trata de proteger a su población del “veneno” de las drogas; en la práctica, se trata de una política exterior que redefine unilateralmente la legalidad internacional. El Caribe, convertido otra vez en tablero de poder, revive los fantasmas de las intervenciones y la doctrina de seguridad que durante décadas alimentó conflictos y dictaduras.
El problema no es solo el método, sino el silencio. Ningún organismo internacional ha verificado las pruebas sobre las supuestas redes “narcoterroristas”. Tampoco se conoce la identidad de los seis fallecidos. Sin transparencia, estas operaciones se acercan más a una ejecución extrajudicial que a un acto legítimo de defensa. En nombre de la seguridad, se vulnera el derecho a la vida y se normaliza la idea de que la fuerza militar puede reemplazar a la justicia.
El contraste es elocuente: mientras Trump celebra en redes sociales las imágenes de los ataques, la comunidad internacional aplaude el Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, símbolo de la resistencia democrática frente al autoritarismo de Nicolás Maduro. Dos narrativas, un mismo continente: una que defiende el diálogo, otra que glorifica la fuerza. América Latina observa con preocupación cómo el discurso de la paz y la diplomacia queda atrapado entre el populismo militarista y la represión autoritaria.
Venezuela, por su parte, no está exenta de responsabilidad. Su crisis política y la descomposición institucional facilitan la expansión del narcotráfico y las rutas ilícitas que Estados Unidos dice combatir. Pero las bombas no resuelven lo que la diplomacia ha abandonado. La violencia militar no sustituye a la justicia internacional ni a las políticas integrales contra la pobreza, la corrupción o el contrabando.
La historia enseña que las guerras declaradas en nombre del orden terminan desordenando al mundo. Hoy, el Caribe corre el riesgo de convertirse en un escenario donde el derecho internacional se debilite bajo el ruido de los drones. Ni Trump ni Maduro pueden ser los portadores de la paz mientras entiendan el poder como impunidad. América Latina necesita menos misiles y más humanidad, menos retórica patriótica y más respeto a la vida.
