El consumo de alcohol en la adolescencia no es un tema menor: es un indicador directo de cómo estamos cuidando —o descuidando— una etapa decisiva del desarrollo. En el Perú, una señal reciente exige atención inmediata y serena: el consumo de alcohol entre mujeres adolescentes está aumentando y ya supera al de los varones. Esta tendencia no busca generar alarmismo, sino activar una conversación informada sobre prevención, entornos protectores y decisiones oportunas.
Los datos en población escolar muestran una brecha clara. La prevalencia anual de consumo de alcohol en mujeres escolares llega a 27,7%, mientras que en varones se ubica en 20,6%. En Lima Metropolitana el contraste se amplía: 32% de adolescentes mujeres declara haber bebido en los últimos 12 meses frente a 23,1% de estudiantes hombres. Especialistas advierten que este incremento representa un cambio relevante respecto a patrones históricos y plantea un desafío urgente para la salud pública.
El foco central no es solo la cifra, sino el inicio temprano. La edad promedio de inicio es 13,2 años, una etapa donde el cerebro aún está en plena maduración. En ese periodo, el alcohol puede interferir con habilidades esenciales como el autocontrol, la memoria y la toma de decisiones. Dicho de manera simple: cuanto antes se empieza, mayor es la probabilidad de que el consumo se normalice y se convierta en una conducta repetida, con riesgos acumulativos en la vida escolar, emocional y social.
El segundo punto crítico es el acceso fácil. Una parte importante de adolescentes consigue alcohol en bodegas y tiendas, y un patrón especialmente preocupante aparece repetido: compras “por encargo” de adultos. Este mecanismo, muchas veces visto como algo “cotidiano”, debilita cualquier mensaje preventivo. A ello se suma la presencia de publicidad y estrategias de marketing que asocian el alcohol con pertenencia, diversión o imagen, elementos altamente atractivos en una etapa donde el reconocimiento social pesa.
¿Qué hacer, entonces, sin caer en discursos punitivos? Tres líneas son clave: fiscalización efectiva de la venta a menores, reducción real de la compra por encargo y educación preventiva con habilidades de vida. En casa, funciona más una conversación clara y constante que un discurso tardío. En la escuela, ayuda reforzar herramientas para manejar presión social, ansiedad y toma de decisiones. En la comunidad, sirve fortalecer alternativas saludables de socialización y ocio.
La alerta sobre el incremento del consumo de alcohol en mujeres adolescentes es una oportunidad para actuar temprano y mejor: con reglas claras, información práctica y redes de cuidado.
Reflexión final
Proteger la adolescencia es proteger el futuro. Cuando una sociedad entiende que prevenir no es prohibir por reflejo, sino acompañar con firmeza y empatía, el cambio deja de ser un deseo y se vuelve un hábito colectivo. Aquí, cada “no vendo” y cada “no compro por encargo” también es salud. (Foto: El Huerequeque).
