En campaña, la verdad suele estorbar. Y cuando estorba, algunos candidatos no la enfrentan: la editan. César Acuña ha decidido presentarse ante el país con una memoria selectiva, asegurando ahora que APP no apoyó a Dina Boluarte. Como si el Perú no hubiese visto el blindaje político, la cercanía pública y el reparto de espacios que acompañó a ese gobierno. No es un simple desmarque: es un intento de reescritura.
Acuña dice en Arequipa que “APP no ha apoyado a la señora Dina Boluarte; APP ha apoyado a los 34 millones de peruanos”. La frase suena patriótica, pero funciona como truco: transforma un respaldo político concreto en una supuesta obra de caridad nacional. Es el viejo recurso de negar el hecho y, de paso, declararse indispensable. Y luego remata con otra joya: que APP dio “estabilidad” y “gobernabilidad”, y que no hace “cálculo político”. En el Perú, esa combinación suele significar: sostener el poder mientras conviene y huir cuando quema.
Porque la memoria pública no depende de la voluntad del candidato. APP sostuvo a Boluarte desde diciembre de 2022, la defendió cuando el costo era alto y jugó a la “gobernabilidad” como escudo frente a cualquier crítica. No fue apoyo silencioso: fue visible, reiterado y estratégico. Y, según lo reportado, no se trató solo de discursos: hubo militantes y cuadros apepistas incorporados en ministerios e instituciones del Estado, con defensas cerradas desde el Ejecutivo y el Congreso. Si eso no es apoyo, entonces el término perdió sentido.
Lo más mordaz del episodio es el cambio de papel: del socio político al mártir electoral. Acuña se muestra como quien “puso el pecho por el Perú”, pero cuando llega la hora de la rendición de cuentas, el pecho se encoge y aparece la amnesia. El problema no es que un político se distancie de un gobierno vacado; el problema es que lo haga negando lo evidente, como si el electorado fuera un público de paso que olvida con facilidad.
Y esa estrategia tiene consecuencias: normaliza la impunidad discursiva. Si un candidato puede negar lo que fue público, mañana podrá negar cualquier pacto, cualquier cuota, cualquier responsabilidad. El mensaje es peligroso: la política no se mide por hechos, sino por narrativas cambiantes según la plaza y la encuesta.
“Acuña pierde la memoria” no es una anécdota: es un síntoma de una política que cree que gobernar es controlar el relato. Pero un país no se conduce con amnesia; se conduce con responsabilidad.
Reflexión final
Si Acuña quiere votos, que los pida con la verdad completa: reconociendo lo que hizo, explicando por qué lo hizo y ofreciendo garantías de no repetir lo peor. Porque cuando la política se vuelve un borrador permanente, la ciudadanía termina pagando el precio: gobiernos sin coherencia, sin ética y sin memoria. Y eso, en el Perú, ya lo hemos vivido demasiadas veces. (Foto: Perú 21).
