La salud en UCI: tres gobiernos y un sistema colapsado

La salud pública en el Perú no atraviesa una crisis coyuntural: está en cuidados intensivos. Tras el paso de tres gobiernos consecutivos —Pedro Castillo, Dina Boluarte y José Jerí— el sistema sanitario muestra los mismos síntomas agravados: hospitales desbordados, centros de salud sin insumos, postas abandonadas y un EsSalud incapaz de garantizar lo básico. No es una tragedia natural; es el resultado de decisiones políticas que convirtieron la improvisación en norma y la indiferencia en política de Estado. Cuando la vida depende de una cita que no llega o de un medicamento que no existe, el Estado deja de ser garante y pasa a ser parte del riesgo.

En la práctica cotidiana, la promesa de atención se diluye en colas interminables, reprogramaciones y farmacias vacías. Faltan fármacos oncológicos y tratamientos para enfermedades crónicas; se suspenden terapias; los equipos se malogran y permanecen meses fuera de servicio; la infraestructura envejece sin mantenimiento; y los especialistas no alcanzan para cubrir la demanda. El resultado es una medicina del “parche”: se atiende lo urgente, se posterga lo esencial y se traslada el costo al bolsillo de las familias.

La raíz del problema no es un accidente: es gestión tardía. Compras que se activan cuando el stock ya cayó, planificación deficiente de necesidades, uso reiterado de emergencias que encarecen el gasto y abren espacio a ineficiencias. A esto se suma la inestabilidad directiva: cambios constantes de autoridades que rompen la continuidad, debilitan la rendición de cuentas y convierten cada gestión en borrón y cuenta nueva. Así, la salud deja de ser política pública sostenida para volverse un conjunto de reacciones a la crisis del día.

Los gobiernos se suceden, el diagnóstico se repite y la respuesta es la misma: comunicados, comisiones, promesas de “normalización progresiva”. Mientras tanto, la ciudadanía peregrina entre ventanillas. El sistema se financia con aportes de millones de trabajadores, pero no devuelve certezas. Esa brecha entre lo que se aporta y lo que se recibe erosiona la confianza y normaliza una injusticia silenciosa: quien no puede pagar, espera; quien espera, empeora.

Castillo, Boluarte y Jerí no inventaron los problemas del sistema, pero sí los heredaron sin corregirlos y los administraron sin reformarlos. Cuando tres gestiones consecutivas mantienen el mismo patrón —desabastecimiento, burocracia, precariedad— la responsabilidad ya no es episódica: es estructural y política.

Reflexión final
La Caja Negra sostiene que la salud no se rescata con discursos, sino con gestión verificable: planificación anual de compras con control ciudadano, cronogramas públicos de abastecimiento por hospital, prioridad inmediata a terapias oncológicas y crónicas, mantenimiento programado de equipos, carrera meritocrática para especialistas y sanciones por rupturas previsibles de stock. En salud, el tiempo no se negocia. Cada día sin medicinas, sin citas y sin atención oportuna es un día en que el Estado falla. Y ese fallo —repetido— ya no es error: es una deuda moral con millones de peruanos. (Foto: La Abeja).

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