En la política peruana existe una regla no escrita: la indignación se declara, el blindaje se ejecuta. Keiko Fujimori lo acaba de confirmar al afirmar que “José Jerí debe seguir” pese al ‘Chifagate’ y a los cuestionamientos por visitas nocturnas en Palacio vinculadas a “citas con señoritas”. Y, para que el mensaje quede tallado en piedra, añadió que solo cambiaría de postura “ante un hecho flagrante”. Es decir: mientras el escándalo no venga con video, acta y confesión, el poder puede seguir respirando tranquilo.
No es una frase aislada. Es una estrategia en plena recta hacia las Elecciones 2026. Jerí, interino y debilitado, se ha convertido en una pieza útil para quienes prefieren un país congelado antes que un Congreso obligado a asumir costos. Keiko lo critica con adjetivos moderados, pero su bancada lo sostiene con omisiones decisivas. Se dispara el titular para la galería y se guarda el voto para el tablero.
La “flagrancia” que exige Keiko funciona como un salvoconducto: elevar el estándar moral a un nivel imposible para no mover un dedo. En un país donde las reuniones sin registro y los favores discretos rara vez dejan huellas evidentes, pedir flagrancia equivale a decir: “si no lo atrapan con la mano en la masa, que siga amasando”. Y así la política convierte la sospecha en rutina y la rutina en normalidad.
Mientras tanto, Jerí hace lo suyo: gobernar como si la crisis fuera un problema de imagen. Prometió ser un presidente “de la calle”, pero termina refugiado en Palacio, reduciendo su exposición pública y convirtiendo el despacho en un set de visitas políticas. En esos pasillos se negocia el “contenido” perfecto para campaña: reuniones con congresistas, fotos con autoridades, promesas de palabra. Lo que falta —actas, compromisos firmados, cronogramas— es justamente lo que separa a un Estado serio de un Estado improvisado.
Y en medio de esa escenografía aparecen los elementos más corrosivos: ingresos nocturnos, permanencias prolongadas y, después, contrataciones. No es moralismo: es institucionalidad. Cuando la percepción ciudadana es que el mérito se reemplaza por cercanía, la Presidencia deja de ser símbolo republicano y se vuelve ventanilla. Y cuando el poder se vuelve ventanilla, la democracia se vuelve fila… y resignación.
Keiko ha optado por sostener a Jerí hasta que el escándalo sea “innegable”. Pero la política no está para reaccionar cuando todo estalla; está para prevenir cuando todo huele mal.
Reflexión final
El blindaje no es estabilidad: es postergación del costo. Y el costo siempre lo paga el ciudadano. Porque mientras Jerí se aferra y Keiko lo ampara con condiciones imposibles, el país aprende otra lección amarga: aquí la ética no se defiende; se calcula. (Foto: Correo).
