En el Perú, la política ya no compite por ideas: compite por quién decepciona menos. Y cuando una encuesta expone el tamaño del divorcio entre ciudadanía y sistema, el problema deja de ser “de imagen” y se vuelve de legitimidad. A menos de un año de las Elecciones Generales 2026, Datum Internacional retrata un país donde la representación se volvió una palabra decorativa: 63% de peruanos dice no sentirse representado por los partidos.
En ese clima de hartazgo, no sorprende el dato central: Keiko Fujimori y César Acuña aparecen como los candidatos con mayor rechazo. Fujimori registra 59% de rechazo y apenas 19% de aprobación; Acuña, 56% de rechazo. No es una cifra: es un veredicto. Y es un veredicto que no cae del cielo. Es el resultado acumulado de una política que insiste en tratar al votante como cliente cautivo, y al Estado como botín de temporada. El problema no es que existan “rechazados”; el problema es que el sistema se ha acostumbrado a funcionar con ellos, como si la desconfianza fuera un detalle estadístico y no una alarma institucional.
La encuesta también desnuda otro hecho incómodo: los partidos están en caída libre. Si el mayor nivel de simpatía partidaria apenas llega a 6% (Fuerza Popular) y el resto se mueve entre 2% y 1%, no estamos ante una competencia democrática vibrante, sino ante un mercado político quebrado. Y, por si faltaba evidencia, la propia ciudadanía empuja la puerta de salida: 53% prefiere un candidato sin experiencia política y 68% está dispuesto a votar por un Congreso de un partido nuevo. No es romanticismo antisistema: es cansancio. Es la búsqueda desesperada de “algo distinto” después de años de promesas recicladas.
Keiko Fujimori y César Acuña no lideran el rechazo por casualidad: lo lideran porque encarnan, para muchos, la idea de una política que se repite, se defiende a sí misma y se explica con excusas. Y cuando el rechazo se vuelve mayoritario, la pregunta deja de ser quién ganará; la pregunta es cuánta credibilidad queda para gobernar al día siguiente.
Reflexión final
La democracia no se rompe solo con golpes: también se erosiona con indiferencia, cinismo y normalización del descrédito. Si los partidos quieren sobrevivir, deben entender algo básico: la ciudadanía no es una audiencia; es el soberano. Y cuando el soberano se desconecta, el poder se vuelve un ruido de fondo. Hoy Datum no solo mide preferencias: mide el tamaño del abandono. (Foto: N60).
