Machu Picchu sube tarifa: más cobro, el mismo desorden

Desde mayo, visitar Machu Picchu costará más. El anuncio suena a “conservación” y “mejor experiencia”, pero en el Perú esas palabras suelen usarse como barniz para tapar lo de siempre: improvisación, burocracia y caja registradora. Porque subir tarifas no es, por definición, un escándalo. El escándalo es cobrar más sin garantizar un servicio acorde, sin una política turística clara y sin una planificación estratégica que proteja el patrimonio sin convertirlo en un peaje de lujo.

La ministra sostiene que el monto adicional —11 soles para extranjeros y 5 para nacionales— se destinará exclusivamente al mantenimiento y a mejorar accesibilidad. Suena razonable en el papel. El problema es que Machu Picchu no necesita solo “más plata”: necesita mejor gestión. Y esa es la parte incómoda que nadie quiere discutir. ¿Dónde está el plan integral de turismo sostenible? ¿Dónde están los estándares de experiencia, los indicadores públicos de conservación, los reportes periódicos, la fiscalización real del flujo de visitantes, el ordenamiento de rutas, la articulación con transporte, seguridad, servicios sanitarios y control? Si todo se resuelve subiendo el precio, entonces el Estado no administra: recauda.

Lo más irritante es que, mientras se pide al visitante pagar más “para mejorar”, la oferta pública sigue mostrando grietas: accesos que se saturan, colas que envejecen la paciencia, señalización desigual, servicios limitados, y una gestión que cambia de criterio como si el patrimonio fuera una oficina con horario flexible. La “experiencia” no se mejora con discursos: se mejora con logística, inversión y profesionalismo. Y eso se logra con planificación, no con parches.

Además, el alza revela una visión peligrosa: Machu Picchu como una vaca lechera eterna. Cuando el turismo se maneja solo como facturación, el patrimonio deja de ser legado y se vuelve mercancía. Y cuando la única respuesta a la falta de recursos es subir tickets, se empuja a los peruanos a mirar su propio símbolo nacional como si fuera un privilegio ajeno. El país que presume de maravilla mundial no debería expulsar a su gente por precio ni por desorden.

Subir la tarifa puede ser defendible si viene acompañada de transparencia, metas medibles y un salto visible en conservación y servicios. Pero si el incremento llega sin rendición de cuentas, se convierte en otro capítulo de la misma novela: autoridades que cobran primero y explican después.

Reflexión final
Machu Picchu no requiere solo más soles; requiere más Estado: serio, técnico y planificador. Si no hay estrategia turística nacional, ni gestión moderna del patrimonio, el aumento será solo eso: un cobro adicional para financiar la costumbre peruana de llegar tarde. Y con el patrimonio no se llega tarde: se llega profesional… o se llega a lamentar. (Foto: Diario Gestión).

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