150 millones para alistar Chiclayo por llegada del Papa León XIV

El anuncio de S/150 millones para preparar a Chiclayo ante la eventual llegada del papa León XIV suena, en el papel, a oportunidad histórica. La región promete infraestructura vial, ordenamiento urbano, servicios turísticos y puesta en valor del patrimonio religioso. El problema no es la inversión: Chiclayo la necesita desde hace años. El problema es el patrón que se repite en el país: grandes eventos como coartada para gastar rápido, inaugurar a medias y dejar problemas intactos cuando se apagan los reflectores.

Las autoridades regionales hablan de mejorar 60 calles del centro histórico, acondicionar rutas de tránsito del Sumo Pontífice, intervenir la Catedral Santa María, crear un Paseo Papal y ampliar la capilla de Santo Toribio de Mogrovejo en Zaña para recibir a miles de fieles. Todo suena correcto. Pero la experiencia reciente obliga a una pregunta incómoda: ¿esta vez habrá planificación seria o solo maquillaje urbano de corto plazo?
Chiclayo arrastra déficits estructurales: movilidad caótica, servicios públicos frágiles, informalidad en el comercio, seguridad intermitente, limpieza irregular. Ninguno de esos problemas se resuelve con asfaltos de apuro ni con obras “emblemáticas” pensadas para la foto. El riesgo es conocido: cronogramas apretados, contrataciones de emergencia, sobrecostos, adendas “inevitables” y una cadena de responsabilidades que se diluye cuando llega la rendición de cuentas.

La visita papal —aún tentativamente prevista— y eventos religiosos de alto impacto colocan a la ciudad en vitrina internacional. La vitrina no puede tapar la trastienda. Si el plan se limita a “embellecer” ejes por donde pasará el visitante ilustre, se habrá perdido la oportunidad de hacer ciudad: transporte digno, accesibilidad universal, señalización permanente, gestión de residuos, mantenimiento posterior y seguridad sostenida. Preparar una urbe para millones de fieles no es solo obra civil; es gestión integral, con protocolos, operación, capacitación de servicios y continuidad presupuestal.

S/150 millones no son un acto de fe: son recursos públicos que exigen control público. Si el objetivo es posicionar a Chiclayo como destino de turismo religioso, el legado debe medirse en servicios que queden cuando el Papa se vaya. Sin cronogramas públicos, metas verificables, costos desagregados y supervisión independiente, la promesa se queda en discurso. Y el país ya está cansado de discursos.

Reflexión final
El Perú no necesita más escenografías para visitas ilustres. Necesita obras que funcionen después de la visita. La fe convoca multitudes; la gestión pública debería convocar confianza. Ojalá esta vez Chiclayo no sea un set de filmación, sino una ciudad mejor. Porque el verdadero milagro, aquí, sería que la inversión no se pierda en el maquillaje y sí se traduzca en dignidad urbana duradera. (Foto: Congreso).

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