Alto índice de congresistas faltones: faltan sin pudor

En el Perú hay instituciones que fallan por incapacidad. Y hay otras que fallan por convicción. El Congreso actual parece haber elegido la segunda opción: no solo legisla mal, sino que además ni siquiera se presenta. Según se ha verificado en reportes periodísticos, desde agosto de 2022 hasta hoy se han descontado más de S/819.000 a parlamentarios que no asistieron al Pleno ni a la Comisión Permanente, pese a que el artículo 92 de la Constitución recuerda —por si se les olvida— que su función es de tiempo completo.

La escena es grotesca por sencilla: un trabajador falta, lo sancionan y, por lo general, da explicaciones. Aquí no. Aquí el ausentismo convive con un catálogo de privilegios que haría sonrojar a cualquier manual de ética pública: bonificaciones, aguinaldos, viáticos por “representación”, aumentos, movilidad, y una corte de asesores y asesoras que, en muchos casos, parecen más parte de un sistema de reparto que de un servicio profesional.

Y como el descuento “no duele”, la falta se convierte en costumbre. El ex oficial mayor del Congreso, César Delgado Güembes, lo ha dicho sin rodeos: muchos ni siquiera se toman la molestia de justificar ausencias o pedir licencia. ¿Para qué? Si el castigo es un pellizco al bolsillo y el sueldo llega igual, el incentivo está claro: la impuntualidad se premia y la vergüenza se terceriza.

Lo más revelador es el contexto electoral. De los 130 parlamentarios, 86 buscan seguir viviendo del mismo cuento: 57 postulan al Senado y 29 a Diputados; y algunos más apuntan al cómodo Parlamento Andino. Es decir, no solo faltan: también piden “renovación” sin renovarse, y “representación” sin presentarse.

Este Congreso quedará registrado —con razón— como uno de los peores por su suma de escándalos, clientelaje, guiños a economías ilegales y leyes dañinas. Pero el ausentismo injustificado termina de retratar la escena: la desidia ya no es un accidente, es un estilo.

Cuando un Parlamento cobra, legisla y falta sin consecuencias reales, la democracia se vuelve una oficina sin control de asistencia: cara, improductiva y peligrosamente impune.

Reflexión final
En abril, el elector no solo votará por nombres: votará por una idea de país. Y si el Congreso quiere seguir tratándose como una “chamba” opcional, que al menos no finja sorpresa cuando el ciudadano le devuelva la misma cortesía: la ausencia, pero en las urnas. (Foto: El Montonero).

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