Rafael López Aliaga confirma el primer lugar y, con ello, se confirma algo más preocupante: el Perú no está eligiendo con entusiasmo, está sobreviviendo con porcentajes. La última medición de Ipsos Perú para Perú21 lo coloca con 12%, cuatro puntos por encima de Keiko Fujimori (8%). Suena a ventaja, pero en realidad es un síntoma: con apenas dos dígitos se lidera un país de 33 millones. No es liderazgo robusto; es una campaña partida en pelotones donde nadie acelera y el electorado mira desde la vereda.
Lo que vemos no es una carrera presidencial: es una maratón sin agua. Arriba, dos nombres se sostienen como si fueran inevitables, pero sin romper la pared del desencanto. López Aliaga crece dos puntos respecto a enero y consolida seis meses en la cima. Keiko también sube, pero sigue segunda. Y el país, mientras tanto, no “se enciende”: se resigna.
Luego viene el primer pelotón del 4%: Carlos Álvarez, Mario Vizcarra, César Acuña y Alfonso López-Chau. Cuatro candidatos apretados, peleando el tercer lugar como si la elección fuera una mesa de billar donde lo importante es quedar bien posicionado para la segunda jugada. ¿Qué significa eso para el ciudadano? Que la oferta política no está compitiendo por ideas, sino por centímetros de visibilidad.
Más atrás, aparece el pelotón del 2%: George Forsyth, José Luna Gálvez, Roberto Sánchez y José Williams. Y el resto se diluye en el gran cajón de “otros”. Esta segmentación no es saludable: es el reflejo de un sistema que produce candidatos como volantes y partidos como franquicias. Mucho logo, poca credibilidad.
Pero el dato que debería poner en alerta a cualquier demócrata es el tamaño del rechazo. Ipsos registra que 27% votaría en blanco, viciado o por ninguno, y además un 15% no precisa por quién votaría. Es decir: una masa enorme sigue fuera del juego o entra al juego para patear el tablero. No es apatía simple: es un plebiscito contra la política.
Y hay un detalle clave: el mapa regional. López Aliaga despega en Lima con 21%, pero en el interior su ventaja no es dominante; incluso en el sur, zona de enorme peso histórico, marca apenas 6%. Con un sur donde el “no precisa” y el nulo se disparan, el desenlace puede depender más del hartazgo que de la propuesta.
Que el puntero sea puntero con 12% no es una victoria: es una advertencia. La campaña está atomizada, el voto está emocionalmente cargado y el país camina hacia una primera vuelta donde los resultados pueden ser más producto del desgaste ajeno que del mérito propio.
Reflexión final
Hoy no gana el que convence; gana el que resiste. Y cuando una elección se decide por pelotones y no por proyectos, la democracia se vuelve frágil: cualquier error, cualquier escándalo, cualquier golpe de efecto puede mover la balanza. Si la política no cambia el tono y el fondo en estas semanas, el Perú no elegirá con esperanza: elegirá con cansancio. Y eso, al final, siempre pasa factura. (Foto: Cosas Perú).
