En el Perú, el cáncer infantil no solo enfrenta a las familias con una enfermedad compleja; también las enfrenta con una verdad incómoda: seguimos llegando tarde. El mensaje del INEN es claro y urgente: el cáncer en niños y adolescentes no se puede prevenir en la mayoría de casos, pero sí puede detectarse tempranamente si se reconocen señales de alarma y se sostienen controles médicos periódicos. Sin embargo, entre la desinformación, la postergación de consultas y la fragilidad del primer nivel de atención, el tiempo —que en oncología vale vida— se pierde demasiado rápido.
La advertencia de la doctora Rosdaly Díaz no admite lecturas complacientes. Después de los primeros años de vida, muchas familias reducen drásticamente las visitas al pediatra. El niño “se ve bien”, “está creciendo”, “ya no se enferma tanto”, y la consulta anual desaparece. Ese vacío de seguimiento no es menor: es el terreno donde síntomas persistentes pasan desapercibidos hasta que la enfermedad avanza.
La lista de signos de alarma debería estar en cada colegio, centro de salud y hogar: fiebre persistente, cansancio extremo, palidez, sangrados inexplicables, moretones sin causa clara, bultos, dolor óseo nocturno, vómitos recurrentes y alteraciones visuales. Ninguno de estos síntomas, por sí solo, confirma cáncer. Pero ignorarlos de manera prolongada sí puede abrir la puerta al diagnóstico tardío. Y en cáncer infantil, la demora no es burocrática: es biológica.
También hay un problema cultural y sanitario con los adolescentes. Se consulta menos, se minimizan molestias, se normaliza el “ya pasará”. Ese retraso, como advierte el INEN, aparece con frecuencia en edades donde la supervisión médica se debilita. El sistema debería compensar esa caída con campañas específicas, pesquisa clínica activa y rutas rápidas de referencia. En vez de eso, muchas veces se traslada toda la responsabilidad a las familias, como si detectar temprano dependiera solo de la intuición parental y no de una política pública robusta.
Las cifras estimadas por Globocan 2022 —alrededor de 1,900 casos nuevos de cáncer infantil por año en el país— no son una estadística decorativa. Son una alarma estructural. Si el INEN cumple funciones de liderazgo técnico, investigación, formación y vigilancia epidemiológica, entonces el siguiente paso no puede ser solo informar: debe ser articular una respuesta nacional vinculante, con metas medibles en diagnóstico temprano, tiempos de referencia y acceso oportuno a tratamiento.
El debate de fondo no es si el país “conoce” el problema, sino si está dispuesto a tratarlo como prioridad real. Sin controles anuales, sin educación sanitaria territorial y sin una red oncológica que funcione con tiempos clínicos y no administrativos, seguiremos repitiendo la misma tragedia con distintos nombres.
Reflexión final
La infancia no tiene margen para esperar a que el sistema se ordene. Cuando un síntoma de alarma se ignora, no falla solo una familia: falla el Estado que no educa, no pesquisa y no llega a tiempo. Defender la vida de niños y adolescentes con cáncer exige algo más que campañas de fecha conmemorativa: exige decisiones firmes, coordinación efectiva y ética pública en acción cotidiana. (Foto: Ayuda al paciente oncológico).
