La escena política es nítida: Keiko Fujimori blinda a José Jerí y, en simultáneo, confronta a Rafael López Aliaga. No es un gesto aislado ni un acto de responsabilidad institucional; es una jugada de cálculo en plena crisis nacional. Mientras el país espera liderazgo, resultados y autoridad democrática, recibe blindaje, confrontación y maniobra. La palabra “estabilidad” se usa como bandera, pero en la práctica funciona como escudo para evitar costos políticos inmediatos.
La postura de Keiko intenta instalar una idea: censurar a Jerí sería “desestabilizar” al Perú. Sin embargo, la pregunta de fondo es otra: ¿qué desestabiliza más, el control político o el desgobierno? Porque Jerí no llega a esta crisis por un tropiezo menor, sino por una cadena de episodios que han debilitado su legitimidad: escándalos públicos, cuestionamientos por reuniones clandestinas, denuncias sobre contrataciones de allegados partidarios y una gestión incapaz de transmitir rumbo en sectores clave.
A ello se suma un problema central que golpea directamente a la ciudadanía: la inseguridad. Con más de cuatro meses de gobierno, la falta de un plan sólido y operativo contra el crimen no es un detalle administrativo; es un síntoma de incapacidad política. Un presidente que no ordena prioridades, no articula respuestas y no muestra resultados frente al delito proyecta algo peor que debilidad: proyecta ociosidad del poder en medio de la emergencia.
Por eso, blindar a Jerí no parece defensa de la institucionalidad, sino defensa de conveniencias. Se dice que “no se defiende a una persona”, pero se actúa exactamente para sostener a esa persona cuando el costo de exigir responsabilidades aumenta. La contradicción es evidente.
Y mientras esa contradicción crece, Keiko desplaza el debate hacia López Aliaga. Es una táctica útil para polarizar y reordenar la competencia electoral, pero profundamente insuficiente para responder a la crisis real. El país no necesita más duelos verbales entre candidaturas; necesita conducción de Estado, decisión política y rendición de cuentas sin excepciones.
Aquí está el núcleo del problema: Jerí gobierna mal y Keiko lo protege. Jerí acumula escándalos y Keiko pide paciencia. Jerí no ofrece resultados contundentes y Keiko ofrece narrativa. Esa combinación no estabiliza al país; lo desgasta.
Keiko ha elegido blindar a Jerí y atacar a López Aliaga en una sola operación política. Puede ser efectiva para la coyuntura partidaria, pero es costosa para la legitimidad democrática. Porque cuando se protege el poder en vez de corregirlo, la política pierde autoridad moral.
Reflexión final
La democracia no se rompe solo por grandes abusos; también se debilita cuando la incapacidad se tolera, el desgobierno se justifica y la ociosidad del liderazgo se normaliza. Si Keiko insiste en sostener a Jerí pese a su crisis de gestión, no estará defendiendo estabilidad: estará defendiendo un statu quo que el país ya no soporta. Y esa factura, tarde o temprano, se cobra en confianza, en gobernabilidad y en las urnas.
