Entre acuerdos y traiciones: la elección de Balcázar y sus sombras

La elección de José María Balcázar como nuevo presidente del Perú no ha despejado la incertidumbre política: la ha reconfigurado. Con 64 votos en segunda vuelta frente a los 46 de Maricarmen Alva, el Congreso no solo eligió a un mandatario; exhibió, sin rubor, la mecánica real del poder: anuncios públicos por un lado y decisiones silenciosas por el otro. En un país agotado por la inseguridad, la precariedad institucional y el descrédito, esta elección deja un mensaje inquietante: la gobernabilidad sigue dependiendo más de pactos tácticos que de convicciones transparentes.

Esta editorial sostiene que la elección de Balcázar retrata una práctica corrosiva: la política de “acuerdos sin firma” y “traiciones sin responsabilidad”, donde las bancadas preservan su discurso de cara a la ciudadanía mientras mueven sus fichas en el tablero interno. El resultado puede ser reglamentario, pero su legitimidad queda atada a una pregunta incómoda: ¿quién puso realmente esos votos y a cambio de qué?

El primer punto es el que nadie logra explicar con comodidad: la aritmética. Según los propios cálculos previos, la izquierda —que en teoría era el soporte natural de Balcázar— no alcanzaba para convertirlo en presidente. Incluso sumando aliados circunstanciales, los números seguían quedando cortos. Sin embargo, Balcázar ganó, y lo hizo con margen. Cuando la matemática no cuadra, la política suele completarla con lo que no se dice: votos cruzados, respaldos discretos, compromisos no declarados.

El segundo punto es la guerra por el relato, especialmente entre Fuerza Popular y Renovación Popular. Antes, votaban parecido; ahora compiten por el mismo electorado conservador y cada movida se convierte en munición electoral. Renovación Popular se colocó con firmeza a favor del pleno extraordinario y de la censura contra Jerí, marcando distancia y construyendo una narrativa de “mano dura” frente a la crisis. Fuerza Popular, en cambio, resistió acelerar el proceso e invocó la “estabilidad democrática”, acusando a sus rivales de facilitar el camino a quienes suelen etiquetar como “caviares”. Traducido: la estabilidad se volvió un argumento de ocasión, útil para frenar cuando conviene y para acusar cuando conviene más.

El tercer punto es el rol bisagra de Alianza para el Progreso (APP), señalado como actor capaz de inclinar la balanza cuando el poder está en disputa. En esta historia, APP aparece como el partido que entiende el Congreso como una mesa de control: asegurar cuotas, sostener influencia, negociar espacios. No necesita encabezar el Ejecutivo para gravitar sobre él. Y esa lógica, repetida gobierno tras gobierno, explica por qué la política peruana no se ordena: se administra.

La elección de Balcázar no es solo un cambio de nombre; es un espejo. Muestra un Congreso donde la transparencia compite contra el cálculo y donde la gobernabilidad se persigue con alianzas que luego se niegan. Cuando las bancadas anuncian una cosa y el resultado sugiere otra, la pregunta democrática deja de ser “¿quién ganó?” y pasa a ser “¿quién responde?”

Reflexión final
Entre acuerdos y traiciones, el Perú no puede seguir pagando el costo de una política que funciona como laboratorio electoral. Si el nuevo presidente nace de votos que nadie asume, el país inicia otra etapa con la misma grieta: poder sin claridad, responsabilidad diluida y ciudadanía como espectadora de decisiones tomadas a media luz. Y cuando la política se hace en sombra, la democracia no se fortalece: se desgasta.

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