Intención de voto: a dos meses, el país aún no “elige” nada

A menos de dos meses de los comicios presidenciales, la “intención de voto” en el Perú se parece menos a una decisión ciudadana y más a una sala de espera. El dato que manda no es un liderazgo contundente, sino la suma del desconcierto: 29.1% de electores indecisos y 16.1% que optaría por voto blanco/nulo/viciado. En otras palabras, el bloque más disciplinado no es un partido: es el cansancio. Y cuando el cansancio se vuelve mayoría emocional, la democracia deja de ser una fiesta cívica y se convierte en una pregunta incómoda: ¿estamos eligiendo futuro o apenas escapando del pasado?

El primer lugar, por ahora, lo encabeza Rafael López Aliaga con 13.9%. En un país con instituciones sanas, ese número sería una alarma. Aquí suena a normalidad: nadie supera el 14%, nadie arrasa, nadie convence. Lo que hay es una carrera donde el ganador va adelante… pero caminando.

En segundo lugar aparece Keiko Fujimori con 7.0%. Y detrás, un pelotón que confirma la fragmentación: Alfonso López-Chau (5.1%), César Acuña (4.4%), Carlos Álvarez (4.0%), Martín Vizcarra (3.2%) y José Luna Gálvez (3.0%). Siguen Yonhy Lescano (2.2%), George Forsyth (1.9%), Roberto Sánchez (1.8%) y Ricardo Belmont (1.4%). El cuadro completo dice más por lo que no muestra que por lo que muestra: no hay una mayoría en construcción; hay minorías que se empujan entre sí, mientras el país observa con los brazos cruzados.

La ironía es cruel: el Perú está a semanas de una decisión histórica, pero el tablero luce como un menú donde casi todo genera sospecha. Y el “no sé” no baja: apenas se mueve de 30.7% en noviembre de 2025 a 29.1% en febrero de 2026. No es indecisión infantil; es desconfianza adulta. No es que el elector “no entienda”; es que ya entendió demasiado: promesas sin sustento, campañas que gritan pero no explican, y un Estado que llega tarde cuando lo urgente es la seguridad, el empleo y los servicios básicos.

Además, el voto blanco/nulo/viciado —16.1%— no es un capricho estadístico: es un mensaje político. Es la forma silenciosa de decir: “me piden que elija, pero no me ofrecen algo creíble”. Y eso debería inquietar a todos, porque cuando una parte grande del país se siente fuera del contrato democrático, las elecciones pasan de ser un mecanismo de representación a un trámite con resentimiento.

La medición no salió de una nube: fue presencial, con muestra de 1,300 personas de población urbana nacional (18 a 70 años), realizada entre el 14 y 18 de febrero de 2026, con 95.5% de confianza y ±2.7% de margen de error. Es decir: no es un rumor. Es un termómetro en hogares y marca fiebre de incertidumbre.

A dos meses de los comicios, el país no tiene un favorito: tiene un empate emocional entre resignación, rabia y prudencia. Un primer lugar con 13.9% y un bloque enorme que duda o rechaza el menú es la señal más clara de una democracia fatigada. Aquí no está ganando la propuesta más sólida; está ganando el vacío.

Reflexión final
La pregunta ya no es solo quién pasará a segunda vuelta. La pregunta es qué legitimidad puede nacer de una elección donde el “no sé” y el “ninguno” compiten como protagonistas. Si los candidatos quieren gobernar, primero tendrán que hacer algo rarísimo en la política peruana: convencer sin gritar, explicar sin actuar, y comprometerse con medidas verificables contra crimen y corrupción. Porque si la intención de voto sigue siendo una sala de espera, el riesgo no es solo elegir mal: es elegir sin creer… y esa es la antesala perfecta para otra crisis. (Foto: Aps.Dz).

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