¿Qué es un therian y cuáles son sus riesgos en la sociedad?

El Perú (y el mundo digital, que hoy manda más que cualquier institución) ha encontrado un nuevo espejo para la adolescencia: el fenómeno de los therians. Personas —frecuentemente jóvenes— que dicen identificarse, en un plano psicológico o espiritual, con un animal no humano, su “teriotipo”. No es un disfraz, no es un pasatiempo de fin de semana, no es “me gusta tal animal”: para muchos, es una vivencia interna que se siente real y constitutiva. Y ahí aparece el dilema moderno: cuando una búsqueda de identidad se construye en redes sociales, el aplauso, la burla y el juicio llegan a la misma velocidad… pero las consecuencias se quedan mucho más tiempo.

A diferencia de los furries, cuyo enfoque suele estar en el arte, la comunidad creativa o el juego simbólico del disfraz, los therians describen una conexión “intrínseca” con su teriotipo: lo viven como una capa profunda de su identidad. La mayoría de especialistas sostiene que, por sí mismo, no se trata necesariamente de un trastorno mental. Pero esta frase, repetida sin contexto, se usa como escudo para todo, y ahí nace el error: no ser trastorno no equivale a no tener riesgos, sobre todo cuando el entorno es hostil o cuando la práctica se vuelve disfuncional.

El primer riesgo es el más silencioso: aislamiento y ruptura con la realidad cotidiana. El problema no es “sentirse animal”, sino abandonar estudios, higiene, responsabilidades o relaciones humanas, o perder la distinción entre la identidad simbólica y la realidad física humana. Cuando la vida real se vuelve “molesta” y la identidad digital se vuelve refugio absoluto, la persona no se expresa: se esconde.

El segundo riesgo es físico y muy concreto: la popularización de los quadrobics (movimientos en cuatro patas, saltos y carreras) puede generar lesiones. Muñecas, rodillas y columna no están diseñadas para impactos repetidos en posiciones extremas sin técnica, sin preparación y sin supervisión. Lo que en un video parece “estilo”, en el cuerpo puede terminar como dolor crónico. La moda no paga fisioterapia.

El tercer riesgo se llama vulnerabilidad al acoso: bullying escolar, estigmatización y ciberataques. La exposición en redes puede convertir a un joven en blanco fácil. Y el daño no es solo social; puede ser emocional: ansiedad, vergüenza, retraimiento y deterioro de autoestima. Aquí la ironía es cruel: buscan pertenencia y reciben violencia.

El cuarto riesgo exige cero romanticismo: conductas agresivas o autolesivas. Si aparecen mordidas, agresiones, amenazas o autolesiones “bajo identidad animal”, no se debate en redes ni se normaliza como “etapa”: se actúa. Requiere intervención profesional inmediata, porque el criterio no es la identidad, sino la seguridad.

El quinto riesgo —y uno de los más comunes— es el rechazo familiar y social. La burla, el castigo, la prohibición tajante o el ridículo pueden reforzar la conducta por desafío, empujar al joven a aislarse y buscar refugio exclusivo en grupos online. Y ahí aparecen riesgos digitales: presión grupal, validación tóxica, comunidades cerradas donde “solo nosotros entendemos”, y posibles contactos dañinos.

Ante este panorama, las recomendaciones sensatas apuntan a lo que la política suele ignorar: lo humano. Mantener el diálogo sin humillación, supervisar la funcionalidad (si cumple con estudios, autocuidado, vínculos sociales), y considerar terapia familiar si hay conflictos graves, señales de depresión, ansiedad o deterioro progresivo. El fenómeno therian no debería tratarse como moda ridícula ni como bandera intocable. En muchos casos es búsqueda de identidad, pertenencia y expresión. Pero si la práctica se vuelve disfuncional, si el entorno responde con violencia o si el joven queda atrapado entre el acoso y el refugio digital, el riesgo se multiplica.

Reflexión final
En tiempos donde la identidad se viraliza, el deber de los adultos no es apagar la pantalla con gritos, ni validar todo sin criterio. Es poner límites sanos, abrir conversación y proteger sin humillar. Porque si la familia se retira y la escuela se burla, el algoritmo se vuelve tutor emocional. Y cuando un algoritmo cría a un adolescente, lo único seguro es que no prioriza su salud: prioriza el engagement. (Foto: El Popular).

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