El debate presidencial debería ser el examen oral de la República. Pero la propuesta de hacerlo en seis fechas —del 23 al 25 de marzo y del 30 de marzo al 1 de abril— con 12 candidatos por jornada, parece más un carrusel para que todos “pasen por cámara” que una verdadera rendición de cuentas. Con 36 aspirantes, el país no necesita un desfile: necesita saber quién tiene plan, quién tiene equipo y quién solo tiene libreto.
Doce candidatos en una noche no es debate: es un microfono compartido. Es el formato perfecto para que la política haga lo que mejor sabe: hablar mucho y comprometer poco. Con tiempos recortados, el mensaje se vuelve eslogan; la propuesta, un titular; el problema del país, una frase emocional. Y cuando la política se reduce a frases, gana el que vende mejor, no el que gobierna mejor.
Lo más preocupante no es la cantidad de fechas, sino el riesgo de que el formato funcione como coartada democrática: “se debatió”, listo, a otra cosa. Porque en un país golpeado por la inseguridad, la extorsión y las economías criminales, el elector no necesita escuchar qué quieren hacer; necesita que expliquen cómo, con qué presupuesto, en cuánto tiempo y quién responde si fracasan. Si eso no está en el diseño, el debate será un evento social, no una herramienta de control ciudadano.
Además, se anuncia que aún se afinan temas, moderadores y tiempos. Esa frase debería encender alarmas: cuando el debate se construye desde la comodidad de los candidatos y no desde la necesidad del país, el resultado suele ser predecible. Temas amplios, preguntas suaves, respuestas largas, cero repreguntas y un cierre lleno de promesas que nadie audita. En ese escenario, la democracia no se fortalece: se maquilla.
Se habla también de “debates complementarios” y de formatos resumidos para conocer propuestas. Bien, pero no confundamos información con verificación. Un resumen no revela contradicciones. Un video no expone vacíos. Y un debate sin repregunta obligatoria es un permiso para evadir. El país no necesita más contenido: necesita contraste real, presión pública y reglas que obliguen a aterrizar: seguridad con indicadores, justicia con reformas concretas, anticorrupción con mecanismos verificables, economía con prioridades y costos.
Seis fechas pueden ser una oportunidad histórica si se diseñan con rigor. Pero si se organizan para “cumplir” y no para exigir, el debate será apenas una coreografía institucional.
Reflexión final
La pregunta no es cuántas fechas tendrá el debate, sino cuánta verdad producirá. Si la política vuelve a esconderse detrás del cronómetro y el guion, el elector no votará informado: votará resignado. Y la resignación es el combustible perfecto para que el país siga pagando el precio de siempre. (Foto: JNE).
