Un presidente interino suele pedir “tiempo”. Pero el país no está en modo cortesía: está en modo supervivencia. Y José María Balcázar empieza su gestión con una cifra que no es un tropiezo, sino un veredicto anticipado: 63% de desaprobación y 24% de aprobación, según la encuesta de Ipsos difundida por Perú21. En política, eso significa lo siguiente: el gobierno llega sin crédito, sin margen y con la sensación ciudadana de que la transición no es solución, sino trámite.
Esta editorial sostiene que el rechazo no nace del “desconocimiento” del personaje, sino del conocimiento acumulado del método: gobiernos nacidos de negociaciones congresales, administrados como reparto de cuotas y defendidos con discursos de “estabilidad” que se evaporan apenas cambia la conveniencia. En ese contexto, la desaprobación no es solo contra Balcázar: es contra el mecanismo que lo produce.
El dato más demoledor no es el 63% en sí. Es el 81% que cree que con Balcázar la situación del país no mejorará: 55% piensa que seguirá igual y 26% que empeorará. Esa percepción es un acta de defunción para cualquier relato de “nuevo comienzo”. Cuando ocho de cada diez peruanos te dicen “no esperamos nada”, el problema ya no es comunicación: es legitimidad.
¿Por qué tanta frialdad? Porque el país identifica señales tempranas de lo de siempre: indefinición, anuncios de bajo impacto, contradicciones y ausencia de un rumbo claro. Incluso el análisis que acompaña estos resultados lo admite: las cifras son “esperables” en un gobierno que proviene de un Congreso impopular y desprestigiado, y los primeros días transmiten un “ánimo gaseoso” y decisiones “cosméticas”. Un país desbordado por inseguridad, economía doméstica ajustada y desgaste institucional no necesita cosmética: necesita conducción. Y conducción es, precisamente, lo que aún no aparece.
Además, la propia arquitectura de su llegada huele a cálculo: la encuesta citada recoge que 65% considera que la destitución del presidente anterior estuvo motivada principalmente por intereses políticos del Congreso. Ese dato es clave: la ciudadanía no está viendo una corrección ética, sino una jugada. Y cuando la gente percibe jugada, su reacción es simple: rechazo preventivo.
Lo más mordaz —y a la vez más triste— es que el Perú ya normalizó la frase que resume este ciclo: “siempre podemos estar peor”. Esa idea no nace del pesimismo, sino de la experiencia: cada transición prometió “bajar la tensión” y terminó subiéndola; cada relevo juró “orden” y dejó más desorden; cada “consenso” llegó con etiqueta de salvación y se reveló como negociación de pasillo.
Con 63% de rechazo, Balcázar no gobierna sobre un terreno difícil: gobierna sobre un terreno que desconfía. Si no define gabinete, prioridades y medidas concretas con rapidez —y, sobre todo, coherencia— confirmará lo que la encuesta ya retrata: un interinato sin entusiasmo, sin expectativas y sin autoridad social para pedir sacrificios.
Reflexión final
Cuando un presidente nace del Congreso y empieza rechazado por mayoría, la pregunta no es si logrará “mejorar su imagen”. La pregunta es más severa: ¿para quién está gobernando? Porque si el país cree que todo seguirá igual o peor, entonces la transición no está cerrando la crisis: la está administrando. Y cuando la política se limita a administrar el deterioro, la democracia se convierte en rutina… y el desencanto, en destino. (Foto: Noticias Trujillo).
