José María Balcázar acusado de plagiar a su propio hijo

El Perú es un país tan creativo que hasta el “mérito” puede ser de segunda mano. Esta semana, el nuevo presidente José María Balcázar enfrenta una acusación que no es un chisme de pasillo, sino un golpe directo a la idea de autoridad: habría plagiado la tesis de su propio hijo, la habría convertido en libro y la habría presentado como producción académica personal. En un Estado donde el ciudadano vive bajo la regla “cumpla o sanción”, resulta peculiar que el poder parezca operar bajo otra: “copie, firme y ascienda”. Y sí: el problema no es solo legal. Es ético, cultural y profundamente político.

Según la investigación divulgada, los hechos se remontan a los años 2004–2005. El hijo sustenta una tesis para titularse. Al año siguiente aparece un libro, con el padre como autor, con coincidencias textuales que irían más allá de una cita mal puesta: capítulos completos, índice, bibliografía y hasta pies de página que calzarían “párrafo por párrafo”. De confirmarse, no estaríamos ante un descuido editorial, sino ante una apropiación sistemática del trabajo ajeno. Lo delicado aquí no es el volumen de páginas: es el volumen de impunidad que esa práctica simboliza.

La motivación también importa, porque revela el mecanismo: el libro habría sido utilizado para sumar puntaje en un proceso de carrera y fortalecer un ascenso dentro del sistema. Traducido al castellano básico: no solo sería plagio; sería, además, un recurso para ganar ventajas en una competencia pública. Y cuando el trampolín hacia el poder se arma con piezas copiadas, el mensaje para el país es demoledor: la excelencia no es requisito, es decoración.

El detalle más perturbador —siempre según lo reportado— es la dedicatoria: el libro habría sido dedicado al propio hijo, es decir, a la presunta víctima del plagio. Una escena perfecta para esta época: la apropiación con lazo, el robo con sonrisa, la falta con ceremonia. No basta con copiar; hay que hacerlo con gesto emotivo, como si la ternura cancelara la falta.

Algunos dirán: “eso fue hace años”. Pero la ética no caduca como un trámite. La conducta pasada, cuando hoy se ejerce el máximo cargo, no es arqueología: es antecedente. Y cuando el presidente evita responder con claridad, el silencio no calma: agranda la sospecha. El país ya conoce ese libreto: primero se calla, luego se relativiza, después se victimiza, y al final se pide “pasar la página”.

La acusación contra Balcázar no es un tema menor de academia: es una prueba de integridad. Si el Estado se sostiene en confianza, el presidente no puede iniciar su mandato con un cuestionamiento que huele a trampa y oportunismo.

Reflexión final
El Perú está cansado de autoridades que piden moral pública con historial privado borroso. Si el poder no respeta el esfuerzo intelectual —ni siquiera dentro de su propia casa— ¿qué respeto real puede prometerle a la ciudadanía? Este caso exige algo simple y extraordinario en nuestra política: explicaciones verificables y responsabilidad. Porque una república donde el mérito se plagia no solo se gobierna mal: se educa peor. Y ahí el daño sí es nacional. (Foto: LR).

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