Hay encuestas que miden preferencias y otras que exponen fracturas. La última medición del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), difundida por La República, no describe una carrera electoral normal: revela un país que vota con el estómago apretado. El dato central es un golpe seco: Keiko Fujimori encabeza el antivoto con 54%. No es un número; es un muro.
El antivoto no nace del aire. Es el resultado acumulado de promesas que se evaporan, instituciones que se protegen entre sí y un país que carga violencia, corrupción y abusos como parte del paisaje. Por eso el rechazo es más alto en población de 30 a 49 años, con educación superior, y en quienes se ubican en izquierda o centro; además, el centro y el sur marcan una negativa clara. No se trata de “polarización”: se trata de memoria política.
Pero lo más inquietante no es solo quién concentra rechazo, sino lo que el país sospecha sobre el desenlace: 38% cree que ganará alguien que no aparece en las encuestas. Es la desconfianza convertida en pronóstico. Es la ciudadanía diciendo: “Aquí puede pasar cualquier cosa”, porque el sistema ha sido tan irresponsable que normalizó el salto al vacío. Y sí, el antecedente de 2021 funciona como advertencia: cuando la política juega a la ruleta, el país termina gobernado por la sorpresa… y luego paga el costo.
El antivoto de otros nombres también habla: César Acuña (7.3%), Rafael López Aliaga (4.7%) y Vladimir Cerrón (4.3%). Son porcentajes menores, pero ilustran algo clave: no es solo “una candidatura” la que genera anticuerpos; es una oferta política que insiste en pedir confianza sin rendir cuentas.
Mientras tanto, el voto se vuelve más individual y silencioso: 85% decide solo, y apenas 39% conversa a veces de política. Cuando la política deja de discutirse, no es porque todo esté bien; es porque el hartazgo ya no encuentra palabras. Y ahí crece el terreno perfecto para el discurso fácil: el que grita “orden” sin plan, el que promete “mano dura” sin instituciones, el que ofrece “cambio” sin ética verificable.
Este resultado no anuncia ganadores: anuncia límites. Un 54% de antivoto no es una estadística de campaña; es un mensaje ciudadano que exige responsabilidad, propuestas creíbles y un mínimo de decencia pública.
Reflexión final
Si el país cree que puede ganar alguien “fuera de las encuestas”, lo que está diciendo es más grave: no confía en el sistema político ni en sus señales. La salida no es el show ni el cálculo; es la verificación: planes con presupuesto, metas medibles, compromisos anticorrupción auditables y sanción política real a quien mienta. Si no, la elección 2026 no será un voto informado: será otra apuesta… y el Perú ya está cansado de pagar apuestas ajenas. (Foto: Crónica Viva).
