Hernando de Soto: el Estado se volvió “una vaca de mil pezones”

Cuando Hernando de Soto afirma que el Estado se volvió “una vaca… con aproximadamente mil pezones”, no está soltando una ocurrencia: está describiendo, con crudeza, el sistema de incentivos que viene deformando al poder en el Perú. La frase no incomoda por exagerada, sino por verosímil: demasiados grupos mirando el aparato público como fuente de cuotas, puestos y control; muy pocos mirándolo como obligación de servicio.

De Soto sostiene que fue convocado para presidir la PCM bajo la promesa de un giro: un gabinete técnico e independiente. Dice que puso condiciones —no ser “figura decorativa” ni “pantalla”—, presentó una lista de nombres y asesorías, y que el acuerdo se diluyó cuando entró en escena la lógica del reparto: presiones para sostener a determinadas personas y equilibrios partidarios. En ese contexto, denunció llamadas insistentes de César Acuña y anunció que haría pública la lista. Por su lado, Acuña reconoció que sí lo llamó y negó presiones, afirmando que buscaba saludarlo.

Esta editorial sostiene que el episodio expone un problema mayor que un nombre frustrado: la captura de la decisión pública por la lógica de cuotas. Si la formación de un gabinete depende menos de criterios verificables y más de llamadas, vetos y permanencias, entonces el Estado deja de ser un contrato con la ciudadanía y se convierte en un tablero de negociación entre élites políticas.

Lo corrosivo aquí no es el intercambio de versiones; es la normalización del método. El país se ha acostumbrado a que el poder no se explique con planes, sino con “movidas”. Y cuando alguien intenta poner una “prueba de fuego” —cambiar ministros, cortar cuotas, introducir perfiles independientes— el sistema responde como responde cualquier red de intereses: aprieta, condiciona, desgasta y, si hace falta, reemplaza la escena sin rendir cuentas.

La metáfora de la “vaca” funciona porque retrata un Estado entendido como botín: cada “pezón” es un cargo, un contrato, una influencia, una palanca; y la política se reduce a asegurar turnos de ordeño. Lo que se pierde en ese proceso es lo único que debería importar en una transición: autoridad, coherencia y confianza pública. Porque un gobierno que nace debiendo explicaciones no gobierna: administra sospechas.

No hace falta elegir bando para ver el daño: si la ciudadanía percibe que la cúpula se arma por cuotas, la esperanza cae y el cinismo sube. Y cuando el cinismo sube, la democracia se vacía: el debate se vuelve espectáculo y la gestión, un trámite para sostener alianzas.

Reflexión final
La frase “vaca de mil pezones” debería servir como advertencia, no como meme. Si el Estado es ordeñable, la corrupción encuentra oxígeno; si la política es cuota, la meritocracia es decoración. El Perú no necesita “caras” para tranquilizar la semana: necesita reglas para impedir que el país se gobierne a punta de presiones y repartos. Y esa reforma —la real— empieza donde siempre se resisten: en cortar el ordeño. (Foto: Infobae).

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