En el Perú 2026, algunos candidatos piden un voto; otros lo cotizan. Los videos difundidos desde San Martín de Porres y Cieneguilla —con militantes de Alianza para el Progreso (APP) entregando tarros de leche con propaganda— no muestran “apoyo social”: muestran una práctica vieja con empaque nuevo. El mensaje es tan simple como ofensivo para la democracia: si no te alcanza la esperanza, te alcanza la leche. Y así, la campaña no se disputa con ideas, sino con la necesidad ajena.
La escena tiene la crudeza de lo cotidiano: una camioneta con publicidad, personas con indumentaria partidaria y un producto que no es volante ni lapicero, sino alimento. En Cieneguilla, el reparto se hace con cautela; en SMP, el registro es más directo. No es la primera vez que la política ensaya el mismo truco: convertir la pobreza en escenario y al ciudadano en cliente. Lo novedoso no es la dádiva; lo novedoso es la desfachatez de hacerlo en video… y aun así pretender que el país lo compre como “malentendido”.
APP respondió con el libreto estándar: negó la entrega de leche y aseguró que solo reparte propaganda permitida. Pero hay negaciones que no son defensa, sino gasolina. Porque cuando un comunicado pelea con imágenes, el comunicado parece redactado para un país que ya no existe: el país donde nadie graba, nadie comparte, nadie exige. El problema no es solo si “fueron militantes” o “fueron terceros”. El problema es que la marca, la logística y el mensaje están ahí: tu voto tiene tarifa.
Y aquí conviene recordar lo obvio: esto no es folclor electoral. La Ley de Organizaciones Políticas (Ley N.° 28094, art. 42) prohíbe la entrega o promesa de entrega de dinero, regalos, dádivas o alimentos, directa o indirectamente, para influir en el voto. La norma no se redactó para adornar; se redactó porque estas prácticas distorsionan la competencia, humillan al elector y convierten la elección en mercado. Y si la autoridad electoral se toma en serio su rol, las sanciones pueden ir desde multa hasta exclusión, según el caso.
Lo más corrosivo, sin embargo, no está en el artículo de la ley, sino en la lógica: comprar el voto no es “ayudar”; es capturar. Hoy te entregan un tarro; mañana te cobran el favor con silencio, con lealtad forzada o con impunidad. El clientelismo no resuelve hambre: administra dependencia.
Si la política reduce al ciudadano a “beneficiario” de campaña, la democracia se convierte en transacción: te doy algo hoy para quedarme con todo mañana. Y esa es la puerta de entrada a la corrupción con sonrisa.
Reflexión final
El país no necesita más videos indignantes: necesita consecuencias. Porque cuando el voto se trueca por leche, no solo se rompe la ley; se rompe el respeto. Y un país que normaliza eso termina eligiendo no a quien gobierna mejor, sino a quien reparte más rápido. (Foto: Infobae).
