Las encuestas vienen repitiendo un mensaje incómodo: el electorado está desconectado. No es apatía gratuita; es cansancio acumulado. En las Elecciones 2026, el Perú no solo enfrenta una oferta política saturada, sino una ciudadanía que mira la campaña como quien mira una película ya vista: sabe el final y aun así le cobran la entrada. El desinterés crece cuando la política insiste en competir por el micrófono y no por soluciones.
La alta desaprobación de los políticos no cae del cielo. Es la factura de años de promesas sin ejecución, de reformas anunciadas y archivadas, de seguridad declarada en emergencia mientras la extorsión se instala como impuesto paralelo. Y, sin embargo, la escena se repite con una insolencia institucional: congresistas que fracasaron —por inacción, por cálculo o por blindajes— ahora buscan reelegirse como si la evaluación ciudadana fuera un trámite menor. En cualquier sistema sano, el rendimiento se mide y se sanciona. Aquí, el fracaso se recicla.
A ese desgaste se suma el circo de la abundancia: más candidatos que propuestas. La boleta parece un catálogo interminable, pero la discusión pública se vuelve más pequeña. En vez de planes de gobierno con números, prioridades y cronogramas, abundan frases, gestos, culpables y promesas que no resisten una pregunta básica: “¿con qué presupuesto y con qué equipo?”. La política vende épica sin ingeniería.
El resultado es un liderazgo que no termina de cuajar. No porque el país no necesite rumbo, sino porque la oferta no logra construir confianza. Y cuando la confianza no existe, el voto se mueve por reflejos: miedo, rabia, antipolítica, “que se vayan todos” o, peor aún, indiferencia. Las encuestas capturan esa temperatura: ciudadanos que no se sienten representados, que dudan de los favoritos, que creen que puede ganar “alguien que no aparece” o que simplemente no se comprometen con nadie. Es el síntoma de una democracia con representación debilitada.
Mientras tanto, el Perú real no se detiene: delincuencia, violencia, corrupción, trata, servicios públicos a medias. Pero la campaña parece girar sobre sí misma, como si el objetivo fuera sobrevivir políticamente y no gobernar. Y esa es la señal más grave: una elección que debería ordenar el futuro se ha convertido en una disputa por administrar el presente… sin resolverlo.
El desinterés del electorado no es un capricho: es una respuesta racional a una política que insiste en no aprender. Con tantos candidatos, y tan pocas propuestas sólidas, el país entra a abril con una certeza: la incertidumbre no es un accidente, es el producto de un sistema que premia la continuidad del fracaso.
Reflexión final
En 2026 no basta con votar: hay que exigir. Exigir planes verificables, hojas de vida limpias, equipos competentes y rendición de cuentas. Porque si el Congreso pretende reelegirse sin autocrítica, si los partidos llenan la cancha de nombres sin ideas, y si el ciudadano se desconecta por hastío, el país no elegirá liderazgo: elegirá inercia. Y la inercia, en el Perú, siempre le abre la puerta a lo peor. (Foto: Andina).
