A menos de dos meses de las elecciones presidenciales, el Perú vuelve a practicar su deporte favorito: desconfiar de todos… y aun así buscar a alguien “nuevo” como si el sistema se reseteara con un nombre fresco y una foto bien iluminada. El último sondeo de CPI, difundido por RPP, confirma que estamos ante una carrera donde nadie despega y, sin embargo, todos se sienten ganadores. El dato que más ruido hace —porque aparece de golpe y sin pedir permiso— es el ascenso de Wolfgang Grozo Costa, el outsider que pasó de ser un punto en el margen a convertirse en tema de conversación.
Partamos de lo que dice la cifra, no el entusiasmo. En el escenario “si las elecciones fueran mañana”, Rafael López Aliaga lidera con 12.7% y Keiko Fujimori lo sigue con 8%. Detrás viene el pelotón comprimido: Alfonso López-Chau (5.6%), Carlos Álvarez (5.6%), Wolfgang Grozo (4.8%) y César Acuña (3.4%).
¿Eso es un “liderazgo”? Sí, en el mismo sentido en que uno lidera una carrera cuando todos caminan y el cronómetro está roto: con porcentajes tan bajos, el primer puesto se parece más a “ir adelante” que a “tener mandato”.
Pero lo realmente decisivo no está en el podio, sino en la tribuna: 20.8% de indecisos y 16.4% de blanco/viciado. En otras palabras: una porción enorme del país todavía no compra ninguna historia, o directamente quiere romper el boleto. Ese bloque —más que cualquier candidato— es el que puede mover la elección como un sismo sin aviso.
Y en ese terreno fértil, aparece el outsider. El sondeo muestra que Grozo tuvo el salto más brusco: de 0.6% en la medición anterior a 4.8% ahora. Ese crecimiento es real en términos de encuesta, pero políticamente puede significar dos cosas distintas:
1.- Un voto esperanza (la gente busca alguien distinto).
2.- Un voto protesta (la gente lanza una piedra y luego mira qué ventana se rompe).
El problema es que el Perú confunde “outsider” con “antídoto”. Y no siempre. A veces el outsider es solo el espejo del hartazgo: sube porque el resto no convence, no necesariamente porque él ya convenció. En un país donde la política ha convertido la promesa en inflación moral, la “novedad” se vuelve mercancía emocional. Pero la emoción no es plan, no es equipo, no es capacidad de gestión, no es cintura para la crisis.
Además, el contexto ayuda a explicar el fenómeno: el mismo estudio remarca que el electorado está fragmentado y que ningún candidato supera el 14% en esta fotografía. Con ese nivel de dispersión, las subidas rápidas pueden ser espuma… y también pueden ser ola, si logran sostenerse. La diferencia entre espuma y ola se llama consistencia: organización, discurso verificable, cuadros técnicos y una propuesta que sobreviva a la primera entrevista difícil y al primer ataque serio.
Que Grozo crezca no es un chiste: es un síntoma. El síntoma de un país que está votando con cansancio, con rabia y con una paciencia agotada. Que un candidato pase de 0.6% a 4.8% en semanas revela una volatilidad brutal: hoy te aplauden, mañana te olvidan. Y, en esa montaña rusa, el riesgo no es que surja un outsider; el riesgo es que el sistema siga produciendo outsiders como atajos, porque el país ya no cree en rutas.
Reflexión final
Estas elecciones no se van a decidir solo por quién “lidera” con 12.7%. Se van a decidir por quién logre capturar el enorme bloque que hoy está entre el “no sé” y el “no quiero”. Y ahí va la advertencia: cuando el voto se convierte en terapia colectiva, el Estado termina siendo accidente. Si Wolfgang Grozo es una alternativa real, tendrá que demostrarlo más allá del impulso. Porque crecer “como espuma” es fácil; lo difícil es no desaparecer cuando la espuma se va y queda la resaca. (Foto: LR).
