El Perú no está perdiendo turistas por falta de historia, belleza o cultura. Está perdiéndolos porque la inseguridad, la incertidumbre y la desorganización se han convertido en parte de la experiencia del destino. Esa es la señal más grave que deja la advertencia de APOTUR: el país pierde hasta US$ 1.500 millones al año mientras miles de potenciales visitantes deciden no venir o postergan su viaje. Lo preocupante no es solo el impacto económico, sino el deterioro de la imagen de un país que alguna vez fue una apuesta natural en la región y que hoy empieza a ser visto como una opción riesgosa.
La inseguridad ya no afecta únicamente la vida cotidiana de los peruanos; ahora también golpea directamente una de las actividades más estratégicas para la economía nacional. El turista internacional no elige solo un paisaje. Elige una experiencia completa. Evalúa seguridad, conectividad, cumplimiento de itinerarios, formalidad en los servicios y estabilidad social. Si percibe que cualquiera de esos factores está en duda, opta por otro destino. Así de simple. Y así de doloroso.
El dato de que cerca del 70% de potenciales viajeros cancela o posterga su visita por incertidumbre debería sacudir al país entero. No se trata de una anécdota ni de una percepción aislada. Es una muestra clara de que el Perú está dejando de ser competitivo, no porque haya perdido su valor turístico, sino porque no logra garantizar condiciones mínimas de confianza. La violencia, los bloqueos, la informalidad y la falta de previsibilidad terminan funcionando como una campaña de desincentivo más poderosa que cualquier esfuerzo promocional.
En este escenario, Machu Picchu ya no basta. La gastronomía ya no basta. La marca Perú, por sí sola, ya no basta. Porque ningún patrimonio, por extraordinario que sea, puede imponerse sobre la sensación de desorden. Mientras otros países de la región ofrecen mayor estabilidad, el Perú sigue dando señales contradictorias: posee una riqueza turística única, pero no siempre puede asegurar que el visitante llegue, se movilice y disfrute sin sobresaltos.
Allí aparece una verdad incómoda: el turismo no depende solo del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo. Depende también de la seguridad ciudadana, de la infraestructura, del transporte, de la estabilidad política y de la capacidad del Estado para ordenar lo básico. Cuando todo eso falla, el sector turístico termina pagando la factura de problemas que no generó, pero que sí lo hunden.
Perú deja de atraer turistas por inseguridad, y esa pérdida ya tiene un costo concreto: hasta US$ 1.500 millones al año, menos empleo, menos inversión y menos oportunidades para miles de familias que viven del turismo.
Reflexión final
Un país que no puede ofrecer certeza termina expulsando visitantes, aunque tenga maravillas que el mundo admire. El Perú no necesita más discursos sobre su potencial. Necesita recuperar orden, confianza y seriedad. Porque cuando el miedo empieza a pesar más que el destino, el problema deja de ser turístico y se convierte en un fracaso de país. (Foto: Reina de la Selva).
