A menos de tres meses del inicio del Mundial 2026, la FIFA ha optado por una postura que inquieta más de lo que tranquiliza: minimizar los temores de seguridad que rodean al torneo. Las declaraciones de su vicepresidente, Víctor Montagliani, sosteniendo que estas preocupaciones quedarán en segundo plano cuando empiece el fútbol, revelan una lógica conocida pero peligrosa. No se trata solo de confiar en la fuerza del espectáculo. Se trata de asumir que el espectáculo puede taparlo todo. Y en un contexto global cada vez más tenso, esa no es una estrategia: es una apuesta riesgosa.
Las preocupaciones no son abstractas ni exageradas. Se sustentan en hechos concretos: tensiones geopolíticas activas, advertencias sobre seguridad en determinados contextos, dificultades migratorias que ya afectan a aficionados y selecciones, y un entorno donde la estabilidad no puede darse por garantizada. A esto se suma la dimensión misma del evento: tres países sede, múltiples ciudades, millones de personas movilizándose en simultáneo. Un Mundial no es solo fútbol; es logística, seguridad, política y percepción internacional.
Frente a este escenario, la respuesta de la FIFA parece insuficiente. Insistir en que “siempre hubo problemas” y que el balón terminará por imponer su protagonismo no equivale a una política de prevención. Es, en el mejor de los casos, una narrativa optimista; en el peor, una forma de esquivar la profundidad del problema. La seguridad no puede ser tratada como un elemento que se diluye con la emoción del torneo. Requiere planificación, coordinación y, sobre todo, una comunicación transparente que genere confianza, no complacencia.
Más preocupante aún es el mensaje implícito. Cuando una organización del tamaño de la FIFA relativiza riesgos en lugar de explicarlos con claridad, transmite la sensación de que el control es suficiente, aunque las señales externas indiquen lo contrario. En ese punto, el problema ya no es solo operativo. Es institucional. Porque la confianza en un Mundial no se construye únicamente con estadios llenos o dispositivos de seguridad visibles, sino con la certeza de que quienes lo organizan no subestiman las amenazas.
Desde La Caja Negra, no se trata de personalizar la crítica, sino de cuestionar una cultura dirigencial que históricamente ha preferido confiar en la inercia del espectáculo antes que enfrentar de manera frontal los escenarios complejos. El fútbol no puede seguir siendo administrado bajo la premisa de que todo se resolverá cuando ruede la pelota. Esa idea, repetida durante años, ha servido más para justificar omisiones que para prevenir problemas.
El Mundial 2026 será uno de los eventos más grandes jamás organizados. Precisamente por eso, requiere una conducción que no minimice los temores de seguridad, sino que los aborde con seriedad. Ignorar o relativizar el contexto no reduce los riesgos; solo los desplaza hacia el momento en que ya es más difícil reaccionar.
Reflexión final
El fútbol tiene la capacidad de unir al mundo, pero no de suspender la realidad. Pensar que la seguridad puede quedar en segundo plano cuando empiece el torneo es confiar demasiado en el poder del espectáculo y muy poco en la responsabilidad institucional. Porque cuando el balón empieza a rodar, la fiesta puede encenderse, pero los riesgos no desaparecen. Solo esperan ser enfrentados con la seriedad que merecen.(Foto: Ar Noticias).
