La última fecha del debate presidencial dejó una imagen política imposible de disimular: Keiko Fujimori terminó convertida en el principal blanco de los ataques. Más que una candidata en exposición programática, sirvió como saco de boxeo de una noche cargada de reproches, cuentas pendientes y acusaciones cruzadas. Jorge Nieto, Mesías Guevara y Mario Vizcarra la colocaron en el centro del fuego. Pero mientras el castigo verbal se multiplicaba, el país seguía esperando lo esencial: propuestas serias para enfrentar la criminalidad y la corrupción.
No fue casual que Keiko concentrara buena parte de los golpes. El fujimorismo arrastra una historia política demasiado pesada como para pasar inadvertida en un debate sobre seguridad y corrupción. Sus adversarios aprovecharon ese flanco y la confrontaron por el papel de su partido en el Congreso, por leyes cuestionadas y por una conducta política que, para muchos, ha contribuido a debilitar instituciones que hoy el país necesita recuperar con urgencia. En otras palabras, la candidata no cargó solo con críticas coyunturales, sino con el peso acumulado de una memoria política que sigue abierta.
De hecho, la escena fue todavía más clara: varios de los demás candidatos también hicieron de Keiko un punching ball político. La usaron como eje de contraste, como blanco preferido y como recurso para intentar ganar visibilidad en una noche donde sabían que confrontarla rendía más titulares que desarrollar propuestas complejas. Así, el debate terminó orbitando alrededor de ella, no necesariamente porque sus rivales tuvieran mejores respuestas, sino porque golpear a Keiko resultaba electoralmente más rentable que explicar con seriedad cómo gobernarían un país tomado por la delincuencia, la corrupción y la desconfianza.
Sin embargo, el problema de fondo no fue únicamente que Keiko recibiera la andanada principal. Lo verdaderamente preocupante fue que el debate se pareciera más a una sesión de castigo político que a un espacio de esclarecimiento democrático. Se cruzaron frases de impacto, ironías, alusiones al pasado y respuestas defensivas, pero el ciudadano volvió a quedarse con una sensación demasiado conocida: mucho ruido, poca ruta.
La política peruana tiene esa costumbre peligrosa de creer que denunciar al adversario equivale a presentar una alternativa. No es verdad. Golpear a Keiko podía ser rentable en términos de escena, pero no bastaba para responder cómo se reducirá la extorsión, cómo se desmontarán las economías criminales o cómo se limpiará un aparato estatal erosionado por la desconfianza. Y allí la jornada quedó corta. Muy corta.
La noche dejó claro que Keiko Fujimori fue el objetivo central del debate. Pero también dejó en evidencia que castigar a una candidata no equivale a elevar la discusión pública ni a ofrecer soluciones creíbles para el Perú.
Reflexión final
Un debate presidencial no debería recordarse por quién recibió más golpes, sino por quién ofreció mejores respuestas. Si Keiko sirvió de saco de boxeo, el problema no es solo suyo. El problema es que, otra vez, la política peruana confundió confrontación con liderazgo y castigo verbal con propuesta de país.(Foto: JNE).
