Perú: siete muertes diarias por cáncer que sí puede prevenirse

En el Perú, el cáncer de cuello uterino sigue cobrando entre cinco y siete vidas al día pese a que existe vacuna, tamizaje y tiempo suficiente para detectarlo antes de que avance. Esa es quizá una de las expresiones más crueles de nuestro fracaso sanitario: no estamos hablando de una enfermedad súbita ni inevitable, sino de un cáncer prevenible que sigue llegando tarde al sistema y demasiado temprano al cementerio. Cada año se registran alrededor de 4.800 a 5.000 nuevos casos y unas 2.500 muertes, mientras cerca del 80% de pacientes llega a atención especializada en estadios avanzados.

Lo más escandaloso de esta tragedia es su lentitud. El cáncer de cuello uterino está asociado en el 99% de los casos al virus del papiloma humano y puede tardar entre 10 y 15 años en desarrollarse. Eso significa que el país tiene una amplia ventana para prevenir, vacunar, tamizar e intervenir. Pero en vez de aprovechar esa ventaja, la desperdicia. Cuando una enfermedad avanza en silencio durante años y aun así se detecta tarde de forma masiva, el problema no es médico: es político, cultural y estructural.

Los especialistas citados por La República describen un panorama incómodo. Persisten barreras culturales que frenan la visita al ginecólogo, prácticas de automedicación que encubren síntomas y una cultura preventiva todavía muy débil. A eso se suma un sistema de salud centralista, con servicios especializados concentrados en Lima, cobertura insuficiente de tamizaje y seguimiento deficiente de resultados. Apenas el 48% de mujeres se realiza el Papanicolaou y, de ellas, solo cerca del 19% recoge sus resultados. En otras palabras, incluso cuando el examen existe, el sistema muchas veces no acompaña el proceso hasta convertirlo en diagnóstico oportuno.

La vacuna contra el VPH debería ser el gran punto de quiebre. En el Perú se aplica gratuitamente a escolares y adolescentes, y los propios especialistas insisten en que una cobertura masiva podría reducir drásticamente este cáncer en las próximas décadas. Pero allí también asoman las brechas: menor acceso en varias zonas del país, deficiente educación sanitaria y el avance de discursos antivacunas que erosionan una herramienta respaldada por evidencia. El problema no es la ausencia de instrumentos; es la incapacidad de convertirlos en política sostenida y alcance real.

Peor aún, mientras se insiste en campañas puntuales, la estructura sigue cojeando. El test molecular de VPH ofrece una sensibilidad cercana al 95%, pero no está plenamente extendido. El Papanicolaou continúa siendo una herramienta útil, aunque su capacidad mejora cuando se repite periódicamente, algo que no ocurre de manera consistente. Y así, entre centralismo, citas tardías, distancia geográfica y costos indirectos, la prevención sigue siendo más un privilegio de acceso que un derecho garantizado.

Que siete mujeres mueran al día por un cáncer prevenible no habla solo de una enfermedad grave. Habla de un Estado que todavía llega tarde, de una prevención fragmentada y de una desigualdad que convierte la detección temprana en una carrera cuesta arriba.

Reflexión final
El Perú no puede seguir tratando el cáncer de cuello uterino como una estadística triste de marzo ni como un tema para campañas conmemorativas. Si existe vacuna, si existen pruebas, si existe tiempo biológico para frenarlo, entonces cada muerte evitable también revela una falla de decisión pública. Y cuando la prevención existe pero no llega, lo que mata no es solo el cáncer: también mata la demora, el centralismo y la indiferencia. (Foto Composición: Blog la Caja Negra).

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