La última encuesta de CPI, difundida en exclusiva por RPP el 26 de marzo de 2026, deja una señal inquietante para la democracia peruana: la carrera electoral avanza, pero no despega la confianza ciudadana. Rafael López Aliaga aparece en primer lugar con 11,7% de intención de voto y Keiko Fujimori lo sigue con 10,1%. Más atrás figuran Alfonso López-Chau con 6,6%, Jorge Nieto con 3,9% y Carlos Álvarez con 3,5%. Sin embargo, el dato que más interpela no está en la punta de la tabla, sino en el volumen del desencanto: 23,1% de electores permanece indeciso. En otras palabras, el liderazgo existe, pero es débil; la competencia avanza, pero no convence.
El panorama resulta todavía más elocuente cuando se observa la evolución reciente. Según la misma encuesta de CPI presentada por RPP, López Aliaga había iniciado el año con 13,6%, alcanzó 14,6% en febrero y luego descendió hasta 11,7% en marzo. Keiko Fujimori, en cambio, mostró una tendencia ascendente desde 7,1% en enero hasta 10,1% en la medición más reciente. Alfonso López-Chau también creció, al pasar de 3,1% a 6,6%, mientras Jorge Nieto subió de 0,2% a 3,9%. El tablero se mueve, sí, pero más por fluctuación del electorado que por la consolidación de una esperanza política clara.
El simulacro de votación confirma esa fragilidad. CPI reporta que, en votos emitidos, López Aliaga obtiene 13,5% y Fujimori 13,1%; y en votos válidos, 17,9% y 17,3%, respectivamente. Pero el dato más revelador es otro: el voto blanco o viciado alcanza 24,2% del total de votos emitidos, una cifra superior a la intención individual de cualquier candidato presidencial. Que el blanco y viciado supere a cada postulante no es una curiosidad estadística; es una advertencia política. Una parte sustancial del país no solo duda: se distancia.
Allí aparece el verdadero problema de fondo. La elección no se encamina, hasta ahora, hacia una disputa de grandes mayorías, sino hacia una competencia de minorías intensas en un país fatigado, desconfiado y sin entusiasmo. No hay un candidato que arrastre con claridad; hay varios que sobreviven sobre una base estrecha mientras el grueso del electorado oscila entre la incertidumbre, la cautela y la desafección. Eso empobrece el debate público y vuelve más vulnerable el proceso frente a campañas de miedo, polarización y cálculo corto.
Peor aún, el crecimiento de los indecisos entre jóvenes de 18 a 24 años, señalado por el gerente general de CPI, Omar Castro, revela que ni siquiera el segmento que suele expresar deseo de cambio encuentra una opción suficientemente convincente. Cuando los jóvenes se retraen, no estamos ante una simple pausa electoral, sino ante una señal de desconexión entre oferta política y expectativas ciudadanas.
Esta fotografía electoral debería incomodar a todos los actores políticos. No basta con aparecer primero en una encuesta cuando ese primer lugar apenas roza el 12% y convive con un electorado profundamente disperso. Liderar en estas condiciones no significa conducir al país; significa apenas ir delante en una fila de legitimidades débiles. Y eso es grave en una democracia que necesita autoridad nacida de la convicción ciudadana, no solo del desgaste de los rivales.
La encuesta de CPI difundida por RPP muestra quiénes encabezan la intención de voto, pero también exhibe algo más importante: la precariedad del vínculo entre ciudadanía y política. Los nombres cambian de posición, las cifras se mueven, pero la desconfianza sigue siendo la gran protagonista.
Reflexión final
La ficha técnica recuerda que se trata de una encuesta nacional urbano-rural aplicada a 1.300 personas en 21 departamentos, entre el 21 y 23 de marzo de 2026, con 97,2% de representatividad y un margen de error de ±2,7%. Los números, por tanto, merecen leerse con seriedad. Y leídos con seriedad, dejan una conclusión incómoda: más que una elección entusiasta, el Perú parece dirigirse hacia una votación marcada por el escepticismo. Cuando eso ocurre, el riesgo no es solo elegir mal. El riesgo es llegar a las urnas sin creer realmente en nadie. (Foto: Aps Dz).
