En las elecciones generales de 2026, la política peruana ya no se disputa solo en plazas, debates o programas de gobierno. Hoy también se juega en pantallas, algoritmos y tendencias. El papel de los influencers ha crecido de forma sostenida en la opinión pública, especialmente entre los jóvenes, quienes representan cerca del 25 % del padrón electoral . Pero esta expansión no es neutra: obliga a preguntarse si estamos frente a una democratización del debate o ante una nueva forma de influencia sin control ni responsabilidad.
El fenómeno responde a un cambio estructural. Como señala el académico Tomás Atarama, estamos ante un proceso de desintermediación: los medios tradicionales y actores políticos pierden centralidad, mientras figuras digitales ocupan ese espacio de conexión con la ciudadanía . En ese nuevo escenario, el mensaje político deja de circular por canales institucionales y pasa a adaptarse a formatos breves, emocionales y altamente visuales.
El resultado es una política que se vuelve narrativa antes que programática. Los influencers no construyen su legitimidad desde la experiencia o el conocimiento técnico, sino desde la cercanía y la identificación. No necesitan ser expertos; necesitan ser seguidos. Y eso cambia las reglas del juego: el impacto no depende tanto de la solidez del argumento como de la capacidad de generar engagement.
El problema no es que los influencers participen en el debate público. El problema es el vacío que los ha hecho indispensables. Porque su creciente influencia no surge en un sistema fuerte, sino en uno debilitado. Partidos fragmentados, liderazgos cuestionados y promesas incumplidas han erosionado la confianza en la política tradicional. En ese terreno, las audiencias jóvenes buscan referentes más cercanos, aunque no necesariamente más rigurosos.
Y allí aparece el riesgo central. Atarama advierte sobre la circulación de desinformación, la falta de mecanismos de rendición de cuentas y la difusa frontera entre opinión y evidencia . En un contexto electoral, esas debilidades pueden amplificarse. La simplificación excesiva, la emocionalidad y la velocidad con la que se consume contenido pueden reducir la complejidad de los temas públicos a consignas atractivas, pero incompletas.
Además, la lógica de las redes premia lo inmediato y lo impactante, no necesariamente lo verificado. Así, el debate puede desplazarse hacia lo viral, dejando en segundo plano la discusión de fondo. Y cuando el voto se construye en ese entorno, el riesgo no es solo informativo, sino democrático.
El papel de los influencers en las elecciones 2026 no es un fenómeno marginal. Es una señal de cómo ha cambiado la relación entre ciudadanía y política. Pero también es un reflejo de lo que la política ha dejado de ser: un espacio de formación, deliberación y confianza.
Reflexión final
La influencia digital no es el problema en sí. El problema es que haya reemplazado, en gran medida, a la política como fuente de orientación pública. Porque cuando decidir el futuro del país depende más de tendencias que de argumentos, la democracia no desaparece, pero empieza a volverse más frágil, más emocional y menos consciente de lo que realmente está en juego. (Foto: LR).
