Injusticia en la Copa Libertadores y el mutis cómplice de Conmebol

La derrota de Cusco FC ante Flamengo por 0-2 no dejó solo bronca deportiva. Dejó algo peor: la sensación de que, en la Copa Libertadores, la justicia todavía puede ser arrinconada por decisiones arbitrales inexplicables, por un VAR que en lugar de corregir termina agravando la sospecha, y por una Conmebol que suele practicar el viejo arte del silencio cuando la polémica resulta demasiado incómoda. Lo más indignante no es únicamente el perjuicio contra un club peruano. Lo más indignante es la rutina con la que estas situaciones aparecen, golpean, escandalizan por unas horas y luego se entierran bajo el mutis de quienes deberían dar la cara.

Cusco FC no quedó herido solo por el marcador. Quedó golpeado por una secuencia de decisiones que alteraron el partido y dejaron la impresión de que competir no siempre basta cuando el arbitraje decide volverse protagonista. Un gol anulado a Marlon Ruidías en una acción que generó seria controversia. Un penal reclamado que no encontró justicia ni en el juez principal ni en la cabina del VAR. Y una falta grave que merecía una sanción mayor, pero que terminó siendo tratada con una indulgencia que no pasó desapercibida. Una jugada discutible puede entrar en la lógica del error humano. Varias jugadas determinantes inclinadas hacia el mismo lado ya configuran algo más grave: una administración arbitraria del partido.

Aquí hay que decirlo sin maquillaje: el árbitro fracasó en su obligación de impartir justicia deportiva. No condujo el encuentro; lo contaminó. Y el VAR, que supuestamente llegó para reducir escándalos, volvió a demostrar que también puede transformarse en una coartada elegante para validar decisiones cuestionables. Cuando la tecnología no transparenta, sino oscurece; cuando no aclara, sino enreda; cuando no corrige, sino ratifica lo inexplicable, deja de ser un respaldo al juego y empieza a parecer un escudo para la impunidad arbitral.

Pero si grave fue lo del árbitro y el VAR, más grave todavía resulta el mutis de la Conmebol. Ese silencio no es neutral. Ese silencio pesa. Ese silencio degrada. Una institución que organiza el torneo más importante del continente no puede comportarse como si el escándalo fuera un ruido menor que se disipará solo. La Conmebol calla demasiado cuando debería explicar. Calla cuando debería transparentar audios, criterios y procedimientos. Calla cuando debería sancionar. Y en ese mutismo termina enviando un mensaje peligroso: que el perjudicado puede reclamar cuanto quiera, porque el poder ya eligió la comodidad del hermetismo.

Alejandro Domínguez no debería administrar esta crisis con frases de ocasión ni con la diplomacia cansada de siempre. Si de verdad quiere defender la credibilidad de la Libertadores, debe castigar estos malos arbitrajes con firmeza. Porque la autoridad no se demuestra con ceremonias, slogans ni discursos de integración; se demuestra cuando se corrige al que daña la competencia. Lo contrario es permitir que el descrédito siga creciendo.

Y también hay una responsabilidad que incomoda mirar de frente: la falta de solidaridad. Los clubes peruanos y las autoridades del fútbol nacional no pueden seguir reaccionando con una prudencia que ya parece resignación. Hoy fue Cusco FC. Mañana puede ser cualquier otro. Cuando cada injusticia se enfrenta en soledad, el mensaje hacia afuera es devastador: que al fútbol peruano se le puede perjudicar sin costo y que, al final, cada quien sobrevivirá como pueda.

Lo ocurrido en la Copa Libertadores no fue una simple controversia arbitral. Fue otra advertencia de que el torneo corre el riesgo de desgastarse moralmente cada vez que la justicia deportiva queda subordinada al error, al silencio y a la falta de coraje institucional para corregir.

Reflexión final
El fútbol sudamericano no se debilita solo por la violencia, la corrupción o los abusos dirigenciales. También se debilita cuando un árbitro altera, cuando el VAR encubre, cuando la Conmebol calla y cuando los demás prefieren mirar al costado. Porque en ese momento ya no se compite únicamente contra once jugadores: también se compite contra un sistema que exige respeto en público, pero demasiadas veces administra la injusticia en voz baja. (Foto: America TV).

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